domingo, 2 de diciembre de 2018

Conferencias

Desde hace ya bastantes años, demasiados quizás, y de forma casi ininterrumpida, mantengo la didascálica costumbre de dar alguna que otra conferencia a lo largo del curso académico.
Primeros pasos
En realidad, son tantos años ya, que ni recuerdo dónde fue la primera vez, ni de lo que hablé. Como se lo estoy contando, sencillamente, lo he olvidado. Un doble y selectivo olvido, el qué y el dónde, que no ha sucedido con tres recuerdos que me acompañan, dos de los cuales, por lacerantes, aún me mortifican. Se los cuento.
Uno fue el miedo que pasé antes de empezar a hablar por primera vez, tal era mi complejo de inferioridad cuando me vi allí frente a un auditorio. Otro, el pánico que se apoderó de mí mientras pronunciaba las primeras palabras, tal fue la sensación de exhibicionismo personal que sentí como conferenciante.
Ni que decirle tengo que esta primera experiencia fue un desastre, o por eso la tengo. Vamos para olvidarla. Algo que por suerte o desgracia no ha ocurrido, aquí me tiene, pues ha pasado el tiempo, sigo hablando de ella y, lo que es peor aún, continúo sin comprender cómo fui capaz. Será que es cierto aquello que se dice, que una cosa es el sentimiento del miedo y otra el vicio de la cobardía.
Y que por supuesto no son equivalentes ni intercambiables, sensación y comportamiento. Innato e involuntario el primero, también innato pero controlable por la voluntad el segundo. Y precisamente en la capacidad humana de la voluntad está el salto cualitativo que nos diferencia de otras especies. Por esto somos humanos, bueno también porque tenemos culo, pero esa es otra historia sobre la que habrá que reflexionar en otro ‘Punto de vista’.
Uno, otro y, ahora, estotro. También recuerdo el escaso número de personas que acudió, lo sé porque antes de empezar las conté, tan nervioso estaba y tan poca gente había. En concreto diez, sí dos manitas, aunque bien es cierto que, ya empezada, entraron cinco más, así que tuve un total de quince, la niña bonita.
Pero como dijo aquél, tampoco está tan mal que con menos hizo Jesús de Nazaret una revolución. Ya, lo sé. Fue lo primero que se me ocurrió a modo de autoconsuelo, pero estará conmigo que la comparación es impropia e insostenible. Él era Jesucristo, el ungido.
Así que no me consoló en lo más mínimo el pensamiento al inicio de la conferencia, y lo que les dije. Para olvidarla. (Continuará)
[*] Introduzcan en [Buscar en el blog] las palabras en negrilla y cursiva, si desean ampliar información sobre ellas.


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