Más deporte y menos Latín.

José Solís Ruiz
, ministro franquista (1915-1990)

lunes, 5 de junio de 2017

Crédulos, desaprensivos y escépticos

Hace unos días, ordenando unas cajas con libros del trastero -el saber no ocupa lugar pero los libros sí, y mucho además-, se me vino a las manos un ejemplar de la Biblia. Inconscientemente me puse a hojearla y la casualidad me llevó al capítulo XIV de las Profecías de Daniel, donde se narra una curiosa historia. Se la resumo.
Al parecer por aquella época los babilonios adoraban a un ídolo llamado Bel, al que cada día le ofrecían enormes cantidades de manjares y bebidas como ofrenda. Lo sorprendente del tal Bel era que, a pesar de que el templo se cerraba por la noche y resultaba del todo imposible entrar en él, al día siguiente las ofrendas habían desaparecido. Vamos que no quedaba ni rastro de ellas.
Sin duda se trataba de un sucedido singular que era explicado por los sacerdotes del templo, y creído a pies juntillas por los babilonios, mediante una hipótesis sobrenatural o divina. Aquello no tenía más remedio que ser obra de un dios, pues sólo un ser divino podía comer tanto. Nadie que fuera humano podría con tal cantidad de alimentos en una sola noche. Era la prueba evidente de que Bel no sólo estaba vivo, sino que era todopoderoso.
Además la credulidad de los babilonios no paraba de crecer porque, alentados por los sacerdotes, cada vez llevaban más bandejas al dios. Y he aquí su grandeza pues, por más bandejas que le llevaran, al día siguiente volvían a aparecer vacías. Tal era el poder de su dios y para la mayoría de ellos no había nada que demostrar, Bel era divino.
Les he dicho la mayoría de los babilonios pero todos. Resulta que por aquel entonces reinaba Ciro el Persa, y entre sus consejeros se contaba Daniel, un profeta judío, un hombre de Dios que como veremos, era también un gran conocedor del corazón y la mente humana.
Un conocimiento que se hizo evidente el día el rey le pidió que fuera con él a adorar a Bel. Un acto al que el sabio, pero también imprudente de Daniel, se negó alegando que no creía en su supuesto poder. Ni que decirles tengo que el rey montó en cólera y le hizo saber que si no demostraba quién se comía los alimentos, le mandaría matar por haber blasfemado. Un mal asunto el de despertar la cólera de un rey.
¿Qué indujo a Daniel a actuar de forma tan temeraria? ¿Por qué no creía en el dios Bel? Pues por una sencilla razón. Daniel, que había observado los mismos hechos que los babilonios, tenía sus propias ideas al respecto. Razonaba que era muy poco probable que una estatua de arcilla y bronce comiera, así que se preguntó quién se beneficiaba de esta situación.
Y partiendo del dicho que “en el monte está quien el monte quema”, llegó a una elemental hipótesis: los sacerdotes eran los responsables del “prodigio gastronómico”. Pero claro faltaba demostrarlo, una cosa son los dichos y otra bien distinta los hechos.
Una hipótesis no puede estar basada sólo en la credulidad, hay que convertir la supuesta evidencia en prueba irrefutable. De modo que había que descubrir cómo se las ingeniaban para apoderarse de los alimentos y elaboró un plan que fue a exponer al rey.
Ante su presencia se dejarían los manjares en el templo y al final del día, se retirarían todos menos el rey, Daniel y sus criados, que se quedarían allí solos. Y así lo hicieron. Entonces, sólo entonces, los criados esparcieron una fina y casi inapreciable capa de ceniza por el suelo alrededor del altar, tras lo cual se marcharon todos.
Al día siguiente, cuando volvieron al templo que mantenía sus puertas cerradas e intactas, las abrieron y entraron en él y ¡Alabado sea dios! ¡Los alimentos habían desaparecido una vez más! ¡Grande era el poder de Bel!
¿Qué hizo entonces Daniel? Pues sorpréndase. A pesar de que el asunto no marchaba bien para él, a pesar de que las evidencias le condenaban, el profeta no tuvo otra ocurrencia que echarse a reír. Lo hacía mientras le señalaba al rey unas huellas que, de todos los tamaños, se marcaban alrededor del altar. Las siguieron y llegaron a una puerta oculta por la que, no había la menor duda, los sacerdotes y sus familias entraban cada día para retirar las ofrendas.
Ya se imaginarán la reacción del rey. Recuerden su cólera. Ordenó matar a los sacerdotes, derribar la estatua y destruir el templo. Y hasta aquí el resumen de mi lectura bíblica de hace unos días, que están leyendo hoy, y a la que añado una reflexión. Qué poco han cambiado la mente y el corazón humano en todo este tiempo.
Sigue existiendo gente de mente sencilla y corazón confiado. Gente bien intencionada y de  credulidad ingenua. Gente que, por ignorancia o necesidad, terminan cayendo en manos de vividores y desalmados, como los sacerdotes Bel. Desaprensivos de corazón mezquino, que montan sus tenderetes a la sombra de cualquier debilidad humana. Mercaderes de miserias, mentes retorcidas ávidas de notoriedad pública y pingües beneficios.
También existen, aunque sigue siendo pocas, gente escéptica con una mente como la de Daniel, quién con su lógica y escepticismo entendió el “prodigio de Bel”.



1 comentario :

Anónimo dijo...

Ya que habla de crédulos, desaprensivos y escépticos ¿qué opina de las palabras de Rosa Montero y la homeopatía?