La balanza no distingue el plomo del oro.

Anónimo

jueves, 21 de mayo de 2020

‘Presencia de ánimo’ de Oscar Wilde (1)

¿Recuerda el cuento ‘La actriz’ que le traje a mediados de noviembre del pasado año 2019?, pues seis meses después viene a esta tribuna otro igual de curioso del genial escritor, poeta y dramaturgo de origen irlandés Oscar Wilde (1854-1900), de quien ya sabe fue también un gran orador, cualidad que solía prodigar en tertulias y charlas con amigos y conocidos en las que desparramaba sus maravillosas narraciones.
Unas eran tristes, otras irónicas, estotras cargadas de humor y esotras de las de dejar la boca abierta con su final, pero todas de obligada lectura si uno quiere realmente conocer el talento de Wilde, el cuentista.
‘Presencia de ánimo’, una expresión para un título cuentero cuyas palabras, desde el punto de vista de la etimología, provienen del latín -presencia de ‘praesentia’, cualidad de estar adelante, y ánimo de ‘ánimus’, sinónimo de carácter, coraje, valor-, y con la que nos referimos a esa serenidad o tranquilidad que conserva el ánimo ante cualquier situación, tanto en los sucesos adversos como en los prósperos. En ese sentido la utilizamos, por ejemplo, al decir: “Antonio mostró mucha presencia de ánimo en unos momentos tan duros”.
Pero mucho mejor de lo que acabo de poner negro sobre blanco, lo relata este cuento de mayo wildeano:
“Mi joven amigo el actor interpretaba el papel principal de una obra extremadamente popular. Durante meses no había quedado una sola localidad libre en el teatro, y en el momento mismo de la representación las colas para la platea y la galería se extendían varias millas; de hecho, llegaban hasta Hammersmith (aunque debo agregar que la obra se representaba en Hammersmith).
Una noche, durante la representación, en el terriblemente tenso momento en que la pobre florista rechaza con desdén las detestables propuestas del malvado marqués, una enorme nube de humo se extendió por los costados del escenario, que fue sitiado por grandes lenguas de fuego. Aunque el telón descendió de inmediato, el público estaba aterrorizado y se precipitó hacia la salida.
Se desató un pánico horroroso: los hombres comenzaron a gritar y a empujar, las mujeres daban alaridos y se tiraban de las ropas. Había el grave riesgo de que varios espectadores murieran pisoteados y, de hecho, algunas faldas se ensuciaron y varias camisas de vestir quedaron arrugadas.
En el clímax del estruendo apareció por la puerta de la orquesta mi joven amigo el actor -que en la obra ama y es amado por la florista-, contempló la situación de un vistazo y trepó al escenario. Allí parado, ante el telón de hierro, erguido, con la mirada destellante y el brazo levantado, ordenó que se hiciera el silencio con una voz que resonó en todo el teatro, como una trompeta. El público conocía bien esa voz y se sintió reconfortado: el pánico remitió de inmediato. Les dijo entonces que el fuego ya no era peligroso, que ahora estaba bajo control. (Continuará)
[*] Introduzcan en [Buscar en el blog] las palabras en negrilla y cursiva, si desean ampliar información sobre ellas.




1 comentario :

banyuken dijo...

En Hammersmith viví tres años.
La obra era Pygmalion.