La balanza no distingue el plomo del oro.

Anónimo

domingo, 3 de mayo de 2020

“Conocemos a los hombres por sus palabras” (y 2)

(Continuación) Buena prueba de este pensamiento nos la da el ensayo que, en 1250 publicó Felipe de Navarra sobre la elegancia y la moralidad, en el que prevenía sobre los peligros de enseñar a leer a las mujeres. No, en su opinión no debía existir la alfabetización femenina y la razón no se la va a creer. Radicaba en el simple argumento según el cual, si sabían leer, podrían caer rendidas a las alabanzas de las cartas de amor, o sea que era por su bien. Ya se lo dije.
A falta de pan
Bueno, a fuer de ser sincero, algunas, muy pocas y de forma excepcional la recibían en sus casas, bien de mano de sus propios padres o de un tutor particular, si es que podían pagarlo. Y otras tantas lo hacían en las casas de grandes damas donde eran instruidas en latín, artes, ciencias, filosofía y distintas lenguas.
Aunque de medicina ni hablar, ese era un terreno vedado para ellas si bien no del todo, no del todo porque, aunque los hombres controlaron y dominaron el ejercicio médico entre las gentes pudientes, dejaron en manos de comadronas y curanderas tradicionales a los pobres, total para lo que pagaban.  
Así y todo, con el tiempo, los galenos quisieron aumentar sus ganancias a costa también de las clases menos pudientes y alimentaron habladurías y falsedades sobre estas mujeres, empezando a emplear términos como “brujas”, “abortistas”, “herejes”, charlatanas”. Ya nos contó Suetonio que el dinero no huele, venga de donde venga.
Lo curioso del asunto es que muchas de estas curanderas aplicaban plantas para curar, utilizando unos conocimientos de herboristería que se iban transmitiendo de madres a hijas, y que eran casi los mismos que empleaban los galenos, sólo que ellos no eran tachados de brujos.
Y aunque por supuesto no todos estos remedios curaban, algunos eran farmacológicamente útiles, como el colocar pan enmohecido sobre una herida para prevenir la infección, estamos hablando de un prototratamiento antibiótico.
Todo sea por el servicio a Dios
Pero había una tercera vía por la que las mujeres nobles podían tener acceso a la cultura y era metiéndose a monja, en cuyo caso, mire usted por donde, al hombre no le importaba, y bien estaba entonces el conocimiento en manos de una mujer.
De modo que en el refugio de los conventos, estas mujeres tenían la posibilidad de estudiar latín, ciencias, artes y otras lenguas, siempre y supuestamente al servicio del Señor. Claro que era una afortunada excepción solo para la nobleza pues, ni que decirle tengo que para el resto de las mujeres de clase baja, en nada cambió su destino con la llegada de la Baja Edad Media.
[*] Introduzcan en [Buscar en el blog] las palabras en negrilla y cursiva, si desean ampliar información sobre ellas



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