La balanza no distingue el plomo del oro.

Anónimo

miércoles, 13 de mayo de 2020

El hijo del panadero (1)

‘El Gran Luciano’. Es como era conocido quien representaba al típico cantante lírico italiano con no pocos de sus tópicos: enamorado de la pasta y el buen comer (estaba demasiado grueso), coqueto y extrovertido (se teñía exageradamente el pelo), dicharachero y simpático (una permanente sonrisa mostraba su perfecta y blanqueada dentadura) y sexualmente muy activo (sin comentario). Escrito así parece que estuviera dicho casi todo de él, pero no podemos obviar que durante años y como nadie cautivó el corazón del gran público y, por supuesto, no lo logró únicamente con tópicos.
Pavarotti era grande no sólo por su masa corporal, tenía una inconmensurable voz de tenor que era bella, única e inconfundible, pero no era la mejor, en absoluto. No tenía la versatilidad de Domingo ni el contagioso candor de Carrera ni la perfección de Kraus, pero tenía un poco de todos ellos, bastante dirían algunos entendidos, de ahí que fuera diferente su forma de cantar. Por otro lado, fue también fue el más grande por su sencillez, sentido del humor, simpatía y proximidad lo que quieras que no, ayudó a su éxito.
Próximo con el público y la música popular, no dudó en acercarse a otros géneros musicales, llegando a fusionar la ópera con otros ritmos y no siendo pocos los dúos que hizo con cantantes como Ricky Martin, George Michael, Bono, Sting o Lionel Richie, con los que supo disimular su extraordinario ‘do de pecho’. Y cuando no llevaba su voz al pueblo le trasladaba la ópera misma, transportando la lírica desde el terciopelo de los teatros hasta el cemento de los estadios, haciéndola accesible a todos.
Una extravagancia al decir de otros músicos, y si lo dicen, ellos sabrán. Pavarotti, hijo de un panadero amante de la ópera, planeó retirarse en 2005 con una gira mundial, pero por desgracia la enfermedad hacía su aparición en 2006 y el pasado año del Señor de 2007 se lo llevaba. Dejó dicho: “Espero ser recordado como cantante de época, como representante de una forma de arte”. Sin duda que es recordado así.
Pavaroti en Sevilla. En una sola ocasión, el 13 de mayo de 1991, actuó en la ciudad y lo hizo con motivo de los acontecimientos previos a la ‘Expo 92’, dentro del ciclo inaugural del Teatro de la Maestranza. Aunque ya no estaba en su mejor momento, un público entusiasmado le esperaba entregado y el divo dio todo lo que de él se esperaba. Su impactante presencia escénica, su ancho y desgarbado frac, su arrolladora simpatía, su largo y blanco foulard enjugador de sudores líricos y, por supuesto, sobre todo, su maravillosa voz.
Al decir de los que pudieron de escucharlo en el teatro (las presiones para conseguir una invitación fueron de campeonato), el recital fue memorable, apoteósico e inolvidable. Casi tres horas en las que el tenor cantó todo lo que quiso, lo mejor de su repertorio, y en el que un público enfervorizado mantuvo durante cuarenta y dos minutos entre aplausos, ovaciones, bises y rosas rojas.
Un final de récord aún no superado por nadie, aunque seguido muy de cerca por la gran Teresa Berganza con treinta y nueve minutos. (Continuará)
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