martes, 21 de julio de 2026

Pero no siempre es azul [CR-363]

[Esta entrada apareció publicada el 12 de junio de 2026, en el semanario Viva Rota, donde también la pueden leer]

(Continuación) En eso quedamos, no todos los cielos son azules ni todos los azules son iguales. El nuestro lo es por la dispersión de Rayleigh fenómeno que sucede cuando la luz solar rebota en aquellas partículas atmosféricas de tamaño más pequeño que el valor de su longitud de onda (λ) -como es el caso de las moléculas de oxígeno (O2) y nitrógeno (N2) y las luces azul o violeta, las más cortas- y terminan esparciéndose por el aire en todas las direcciones, cubriendo así la bóveda celeste. Sin embargo, hay un problema.

La del violeta es la longitud más corta de todas por lo que este es el que más se dispersa de todos los colores que forman la luz blanca, si bien es más que evidente que no vemos el cielo violeta ¿por qué es así? Hasta tres motivos le doy. Dos son físicos, el Sol emite con más intensidad en la franja azul que en la violeta y, además, este color es mucho más absorbido que el azul en las capas altas atmosféricas.

Y uno biológico, recuerde no todo es física, resulta que nuestros ojos son mucho más sensibles al azul. ‘Ergo’, por esta tripleta explicativa no vemos el cielo morado. Aunque eso sí, no todos los azules son iguales y esto se debe, unas veces, a la presencia en la atmósfera de partículas de mayor tamaño (humo, polvo, dióxido de carbono (CO2), gotas de agua) que dispersan todos los colores por igual, lo que conduce a una mezcla que “ensucia” el azul puro.

Otras son el típico azul pálido del horizonte, motivado por el hecho de que la luz llegue desde partes más bajas del cielo y atraviesen mayor cantidad de aire, con sus consabidas consecuencias cromáticas. Algo parecido a lo que ocurre en los amaneceres o atardeceres, rojizos y anaranjados, que tienen lugar cuando el Sol se encuentra más bajo en el horizonte y su luz penetra una capa atmosférica mucho más gruesa hasta llegar a nuestros ojos. Un recorrido lumínico en el que la mayor parte de las luces azul y violeta se dispersan, prácticamente no nos llegan, haciéndolo únicamente las de longitudes más largas a saber rojas, naranjas y amarillas.

Por no hablar del color del cielo de otros planetas que dependerá de su atmósfera (composición, grosor, densidad), por ejemplo, la de nuestro vecino Marte es muy delgada y está compuesta principalmente por dióxido de carbono y finas partículas de polvo, por lo que la dispersión de la misma luz solar hace que veamos su cielo rojizo o anaranjado. Sin ir más lejos, si la Tierra tuviera otra distinta a la que tiene, nuestro cielo podría ser verde, amarillento o incluso blanquecino durante buena parte de su historia geológica. (Continuará)

[*] Introduzcan en [Buscar en el blog] las palabras en negrilla y cursiva, si desean ampliar información sobre ellas.

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1 comentario :

Anónimo dijo...

¿Ciencia y Mundial 2026?