(Continuación) En fin, lo evidente, la industria del agua embotellada encontró en este mito una auténtica mina de oro y, naturalmente, reforzó entonces y refuerza ahora la idea de que más agua equivale a más salud.
Es así como una interpretación errónea
de un antiguo informe se pudo transformar en un mandamiento casi religioso, aceptado
sin más por millones de personas e incluso por profesionales de la salud. No le
digo más. Bueno, sí.
¿Cuánta agua debemos beber en realidad?
El agua es vital y esencial para nuestro organismo, todas
y cada una de las células de nuestro cuerpo necesita de ella para funcionar
correctamente, y una señal clara de que necesitamos hidratarnos nos la da la sensación de sed. Es
lo que nos indican tanto la ciencia como la OMS y varias
academias de nutrición que promueven un enfoque flexible y personalizado,
enfatizando la idea de que hay escuchar las señales del cuerpo.
Como ya comentamos, la cantidad de agua que una persona necesita consumir depende de diversos factores como: nivel de actividad física, clima en el que se vive (temperatura y humedad), dieta de alimentación, tamaño corporal, estado de salud general o nivel socioeconómico.
Un viejo conocido que es muy dado a responder a la
gallega, aunque sea aracenense afincado en Seviila, hablando de este tema me
dejó esta “perla” en forma de pregunta que le traslado: Carlos, ¿cuánto
hemos de parpadear para mantener una adecuada salud ocular?
¡Oído cocina!
Evidentemente lo que le dé la gana o lo que,
literalmente, le pida el cuerpo y que no le cuenten milongas. Se ha de beber
solo por sed y no por el color de la orina o por aquello de adelantarse antes
de que aparezca la sed, porque entonces ya estaría deshidratado. Falaces falacias
o marchando una de pleonasmo, pero ya ve por donde voy.
Ni litros ni vasos ni pitorro botijero, para una persona sana la sed es una guía adecuada, solo dos o tres salvedades: los bebés, que no pueden pedir agua porque no hablen y lo que hay que hacer es ofrecérsela; los deportistas, naturalmente; y una parte de personas enfermas y ancianas, para las que quizás sería necesario ‘programar’ una ingesta de líquidos más allá de su sensación de sed.
Sensación que se ha podido atenuar por diversas causas;
pero nada de esa “hiperhidratación” que la fisiología y los resultados
de la analítica de osmolaridad urinaria desmiente. El cuerpo humano
posee un sistema de osmorregulación muy sensible y cuando la concentración de
solutos en sangre aumenta apenas un 2%, muy por debajo de la deshidratación
clínica, el cerebro se activa.
E induce la sensación de sed liberando la hormona
necesaria para empezar a conservar el agua y que no se “vaya” por la orina. Con
las excepciones apuntadas, claro. (¿Continuará?)
[*] Introduzcan en [Buscar en el blog] las palabras en negrilla y cursiva, si desean ampliar información sobre ellas.




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