(Continuación) A las hipótesis anteriores más o menos reales: un origen legendario, asociado al círculo carolingio y los antiguos libros de caballerías; otro español, del Doctor Laguna; y estotro portugués, vinculado a un papa nada menos; le podemos sumar un último de origen italiano.
¿Un medicamento real? Italia
Es posible que el
escritor conociera durante su estancia italiana un tratamiento de múltiples
enfermedades, esta vez de uso real y no figurado, denominado bálsamo de
Fioravanti, muy de moda durante el siglo XVI, creado por el “afamado” médico
y alquimista italiano Leonardo Fioravanti (1518-1588)
admirador de nuestro Nicolás Monardes.
Estaba compuesto por trementina, incienso, mirra, resina, clavo, jengibre, canela, laurel, etcétera., todo ello previamente macerado en alcohol y al que, por supuesto, se le atribuían propiedades entre milagrosas y milagreras como el tratamiento tópico de las heridas. Sí, quizás pudo salir de ahí el ficticio Fierabrás.
No podemos dejar de
lado que, durante el Renacimiento, el proceder terapéutico estaba marcado por
el galenismo, una corriente que defendía el uso de purgantes y eméticos (que
provocan el vómito) para eliminar los humores morbosos y así alcanzar la
correcta proporción (eukrasía) en la que se fundamenta la salud.
Justo lo que le
sucedió al hidalgo tras su toma balsámica, que sí, que tenía otra composición,
es cierto, pero con la misma intención salutífera, de modo que bien podría estar
basado en él. Cosas más difíciles se han visto.
Dejando a un lado las oraciones a modo de ensalmo “más de ochenta paternoster y otras tantas avemarías, salves y credos, acompañando a cada palabra una señal de la cruz a modo de bendición”, que había que rezar en el ínterin, algo del todo imprescindible para que, supuestamente, el bálsamo fuera eficaz.
Dejando esta
credulidad, digo, el resto no está nada mal, ni el proceso de cocción ni los componentes
a cocer, todo tiene cierta razón científica y no son descabellados; por
supuesto que nada que objetar al hecho literario de poner al fuego con agua en
una olla.
“Los simples” aceite, alcohol,
romero y sal, dejados cocer durante largo tiempo para, finalmente, obtener “el
compuesto” que se vertió en una alcuza o aceitera de hojalata a falta de
una redoma o vasija de vidrio ancha en su fondo que se estrecha hacia la boca. (Continuará)
[*] Introduzcan en [Buscar en el blog] las palabras en negrilla y cursiva, si desean ampliar información sobre ellas.
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