La mujer ocupará en el mundo científico el puesto que le corresponda
de acuerdo con su capacidad, y no necesitaremos cuotas ni nada de eso.

Margarita Salas (1938-2019)
, bioquímica española

lunes, 6 de noviembre de 2017

Florence Nightingale (1). Matemática vocacional

Nacida en Florencia en 1820, sus padres no tuvieron otra ocurrencia que ponerle el nombre de la ciudad. Ya, ya sé que no es lo más usual pero créanme si les digo que tuvo suerte después de todo, por nacer donde lo hizo.
Sin ir más lejos su hermana mayor, que había nacido un año antes en Nápoles, fue bautizada con el de Parthenope, nombre griego de la ciudad, que ya es nombre para una niña. Cosas de familia, lo entiendo, pero es que hay nombres que te persiguen toda la vida.
Siendo de clase alta inglesa, bajo la influencia de su padre estudiaron italiano, latín, griego, historia, matemáticas y leyeron a los clásicos, entre ellos al “Padre de la Geometría”, el griego Euclides (325-265 a. C.), al también griego y polímata Aristóteles (384-322 a. C.) y, por supuesto, la Biblia.
Pero en el tema de la educación, dentro del núcleo familiar había división de opiniones. Y mientras su padre era de la opinión que las mujeres, especialmente sus hijas, debían tener una educación completa, su madre mostraba más interés en buscarles un buen marido.
Una buena madre que sin duda quería lo mejor para sus hijas, pero a quien Florence le dio el disgusto de su vida al rechazar, uno tras otro, todos y cada uno de los pretendientes. Cosas de madres e hijas que han existido siempre y existirán, pero es que ella desde joven ya tenía otros intereses. Por ejemplo con tan solo diecisiete (17) años visitaba a los enfermos pobres en sus casas, llevándoles comida y medicamento. Una actividad no bien vista socialmente, y lo mejor es que no era la única.
Pasión por las matemáticas
A los veinte (20) años les pidió a sus padres que le permitieran estudiar matemáticas, y en esta ocasión el matrimonio hizo causa común. Por su parte mamá puso el grito en el cielo, pues tenía claro que el destino de su hija, como el de cualquier chica decente, era casarse. Y siendo así, ¿qué utilidad tendrían las matemáticas para una mujer casada? No, nada de matemáticas.
También papá en esta ocasión pensó lo mismo, e hizo causa común con mamá, y eso que había sido él quien le había transmitido el amor por las matemáticas desde niña. Pero ya era toda una señorita y resultaban de lo más inapropiadas. La resulta fue que en este asunto los padres estaban unidos, aunque la verdad sea dicha, de bien poco les sirvió su oposición.
Florence no sólo fue una alumna aventajada al decir de los distintos tutores que tuvo, entre ellos el matemático británico J. J. Sylvester (1814-1897), sino que su interés por las matemáticas, como más tarde veremos, fue más allá de la propia materia en sí.
Vamos que no tardaron mucho en contratar al primer tutor para que le enseñara matemáticas, en las que se incluían lecciones sobre aritmética, geometría y álgebra. Y
Otra de las personas que también influyeron en ella fue el científico belga Adolphe Quetelet (1796-1874) quien había aplicado métodos estadísticos a datos recopilados en diversos campos de conocimiento, incluyendo asómbrense, las estadísticas morales o las ciencias sociales.
Pero aun gustándole las matemáticas, Florence no tardaría mucho en descubrir su verdadera vocación. (Continuará)

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