Yo no uso drogas, mis sueños ya son lo suficientemente horribles.

M.C. Escher
, artista neerlandés (1898-1972)

martes, 30 de agosto de 2016

Perkin, pionero de la química industrial (2)

(Continuación) Lo logró y vaya si se vendió masivamente. Fue un proceso que ocurrió además en poco tiempo.

Hombre para todo
Al año siguiente, ayudado económicamente por su padre y hermanos, no sólo abrió y organizó una fábrica de tintes cerca de los canales de Londres, sino que comercializó y vendió los diferentes productos que fabricaba y no dejó de introducir mejoras técnicas en el proceso industrial.

Al igual que antaño ocurrió con el tinte natural púrpura de Tiro, hogaño, el colorante sintético también era lo que se dice un muy buen negocio.

En poco tiempo refinó los procesos de producción que condujeron al primer colorante sintético, promoviendo a la vez una intensa línea de investigación sobre colorantes, tintas, pinturas, etcétera.

Y es que disponer de colorantes sintéticos nada más que tenía ventajas.

No sólo ya no había que depender de fuentes naturales que tendían a escasear para su obtención, sino que por el contrario las del laboratorio no se agotaban; además los tintes así obtenidos eran más consistentes en calidad, más variados en colores y tonalidades, más baratos, etcétera.

En resumen se podría decir que, ya en la segunda mitad del siglo XIX, el color era más bien una cuestión de gusto y no de economía o clase social.

Industria química del tinte
En particular el color púrpura -que desde antiguo había simbolizado a lo más alto de la escala social, a la realeza-, a mediados del siglo XIX de la mano de Perkin se hizo popular y tuvo muy buena acogida en la sociedad.

Tanto que a los veintiún (21) años ya era millonario y a los treinta y seis (36) vendió su fábrica y se retiró, retornando a la investigación privada en su propio laboratorio.

Si hace unas entradas les escribía sobre las palabras del historiador griego Teopompo, acerca del alto valor del tinte púrpura, lean lo que unos veintitrés siglos después le escribía John Pullar, un tintorero escocés a quien Perkin había consultado tras su primer experimento.

“Me agrada saber que hay furor por su color entre esa clase todopoderosa de la comunidad: las damas. Si les da manía por él y usted puede satisfacer la demanda, su fama y fortuna estarán aseguradas”.

Y tanto que lo estuvieron. Con su descubrimiento de 1856 dio lugar a una actividad fabril tan floreciente, que en 1862 ya había en Europa veintinueve (29) empresas dedicadas a los colorantes.

Es como si todos los químicos del viejo continente se hubieran lanzado a sintetizarlos. (Continuará)



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