sábado, 28 de marzo de 2026

Dirichlet. Principio del palomar. Leurechon

(Continuación) En dicho libro -escrito en latín, Selectæ Propositiones...- el jesuita menciona el principio matemático de forma indirecta, pero asociándolo con el número de pelos que las personas tenemos en la cabeza y viene a decir literalmente que: “Es necesario que dos hombres tengan el mismo número de pelos, oro y otros si,...”.

Forma coloquial de indicar que este principio fundamental matemático se puede aplicar a cualquier conjunto finito donde el número de elementos supere al de posibles valores o categorías. Si hay más personas que cantidades distintas de pelos que puedan tener, entonces habrá dos con el mismo número de pelos. No hay otra.

Un tal Leurechon. Récréations Mathématiques... (1624)

Y no quedaron ahí sus propósitos divulgadores pues, dos años después, en 1624, publicaba Récréations Mathématiques composee de plusieurs problemes plaisants et facetieux y volvía a explicar, ahora con más detalles, por qué “es (absolutamente) necesario que dos...”.

Una magnífica forma de ilustrar cómo la aritmética puede demostrar la existencia de coincidencias en la vida real, de manera que éstas no son azarosas sino una necesidad, un imperativo matemático, cuando la población es mayor que las posibilidades físicas. Ya ve.

Pero este libro guarda un par de sorpresas científicas más. Una relacionada con el campo de la termodinámica pues, hasta donde he podido averiguar, sus páginas recogen el primer uso documentado que se hace de la palabra termómetro, en lugar de la anteriormente empleada para dicho dispositivo, termoscopio. Algo hay escrito ya en el blog al respecto, por lo que lo dejo aquí, ya sabe, el undécimo no cansar.

Del termómetro a la trompetilla de oído

La segunda tiene que ver con el campo de la física que conocemos como acústica, ya que nuestro matemático francés fue quien ilustró en el siglo XVII los primeros dispositivos destinados a paliar problemas auditivos leves.

Unos artefactos sumamente rudimentarios, especie de tubo, embudo o cono (normalmente de chapa, plata, madera, conchas de caracol o cuernos de animales) que se ponían en el oído y que, con distintas formas y tamaños según las necesidades, mejoraban la audición como tal.

Ni que decir tiene que la trompetilla acústica sólo recoge las ondas sonoras y las dirige hacia el oído, propiciando una concentración del impacto de la energía sonora en el tímpano y mejorando así, en algo, la audición.

Pero no “amplifica” el sonido, no crea más energía, tan solo la concentra en un área más pequeña por lo que el sonido se hace más perceptible. Fueron los precursores de los hoy, casi, invisibles audífonos actuales que empezaron a funcionar ya en el siglo XX con el descubrimiento de la electricidad, y que estos sí amplifican el sonido gracias a la energía eléctrica.

[*] Introduzcan en [Buscar en el blog] las palabras en negrilla y cursiva, si desean ampliar información sobre ellas. 


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