Un hombre que dedicase toda su vida a ello,
quizás lograra representarse una cuarta dimensión.

Henri Poincaré, filósofo y científico francés (1854-1912)

viernes, 27 de noviembre de 2015

Teoría de la Relatividad General, ¡Feliz Centenario! (y 3)

(Continuación) Lo necesitaba si quería elaborar la nueva teoría. Y él no le defraudó. Tuvo la ayuda del amigo. Pudo contar con la aportación del adecuado equipaje matemático de Grossman.

Lo que junto a su Principio de Equivalencia (fruto de su “experimento mental” en horas de oficina), única herramienta que Einstein mantiene constante en su búsqueda de una teoría relativista de la gravitación.

Y ni que decir tiene con muchas e intensas horas de trabajo -no nos olvidemos de la incompatibilidad que la nueva teoría relativista tenía con la de la interacción gravitatoria newtoniana-.

Con la suma de todos estos componentes, dos (2) años después encontraba la solución.

Einstein contra Newton
Una incompatibilidad entre teorías, que surgía de la aceptación como ciertos de dos hechos procedentes uno de cada campo. A saber.

Del lado del genio inglés, que la gravedad, desde su concepción del siglo XVII, es una fuerza de naturaleza gravitatoria, carácter atractivo, que actúa a distancia y que lo hace de manera instantánea, por muy lejos que se encuentre el objeto.

Y del lado del genio alemán, nada menos que uno de los dos postulados relativistas en los que se basa su Teoría de la Relatividad Especial o Restringida (TRG). En concreto el que dice que en nuestro universo, nada puede viajar más rápido que lo hace la luz en el vacío.

Que no es poca para nosotros y nuestro mundo más o menos próximo, ya que recorre unos trecientos mil kilómetros al segundo (c = 299 792 458 m/s). Sí, la luz es muy, muy rápida.

Pero por muy rápida que sea, es límite con lo que ello implica ¿Ven la imposibilidad?

Si hay un tope de velocidad universal, la gravedad no puede afectar de manera instantánea a dos objetos que se encuentren a diferentes distancias, como dice Newton. Por lógica el que esté más lejos sentirá la atracción un poco más tarde, pues habrá tardado más en llegar a él, F = f (1/r2).

Es decir, los dos hechos juntos son imposibles de toda imposibilidad. Vamos, que en el marco físico-matemático en el que están descritos son excluyentes. Y una de dos.

O no es instantánea la fuerza de Newton. O no es cierto que la celeridad de la luz sea la máxima posible. Adivinen quién estaba equivocado.

Y aquí cae como agua de mayo, lo oportuno de la idea einsteniana y las conclusiones a las que llegó en ese 1907. De imaginarse que una persona que caía libremente no sentiría su peso, pasó a colocar al sujeto imaginado dentro de un ascensor en caída libre.

El Gedankenexperiment del ascensor, como lo llamó.

Imaginariamente claro, pensó que el hombre y los objetos que estuvieran a su alrededor en dicho habitáculo, flotarían. A resultas.

Que tal persona no podría saber que está cayendo de manera acelerada, como si el ascensor estuviera en el espacio ingrávido.

De igual forma, un hombre dentro de un ascensor en ingravidez notaría sus pies contra el suelo, si ese ascensor se viera atraído por una fuerza constante que tirara de él de forma acelerada.

Lo dicho, gravedad y aceleración son la misma cosa.

25 de noviembre de 1915
Ocho (8) años después de la feliz idea, Albert Einstein culminaba la Teoría de la Relatividad General (TRG), hace ahora de ese hecho cien (100) años. Cien años que son relativos, perdonen el juego de palabras.

Y sus resultados los fue publicando en forma de artículos, cada jueves (4, 11, 18 y 25) del mes de noviembre de 1915. En ellos iba colgando, de la exclusiva red matemática que le había proporcionado Grossman, todas sus ideas físicas relativistas

Y por último la presentó en la Academia Prusiana de las Ciencias.

Se trataba de un auténtico prodigio del ingenio del hombre que cambiaría el rumbo de la Física, y por ende, de la Ciencia. Era la primera formulación de la versión definitiva de las ecuaciones de la relatividad general. Una soberbia formulación.

Tan fascinado quedó de su trabajo que al día siguiente le escribía a su amigo y médico Heinrich Zangger (1874-1957): “La teoría es bella más allá de toda comparación”.



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