miércoles, 25 de febrero de 2026

Pócimas, ungüentos y píldoras. De oficio, boticario

(Continuación) Y con ella un nuevo oficio reconocido por la ley, el de boticario, para el que se reservó por ley la tarea de preparar los medicamentos que recetaban los médicos que, dicho sea de paso, se negaban ellos mismos a realizar, pues consideraban que dicha tarea se encontraba por debajo de su dignidad al ser un trabajo manual.

Pues bien, a cada uno lo suyo es lo que vino a decir, la Constitución de Melfi, promulgada en 1231 por Federico II como rey de Sicilia, y también conocida como Liber Augustalis.  La misma en la que se establecía que los médicos no podrían preparar medicamentos, únicamente recetarlos, y los farmacéuticos no podrían recetar remedios, solo prepararlos, bajo la supervisión de un médico autorizado.

Constitución de Melfi

Si duda la promulgación del Liber Augustalis, marcó un hito histórico en lo que se refiere tanto a la regulación de la profesión de boticario como a la separación oficial entre medicina y farmacia. Empezando porque convierte el oficio de boticario en una actividad reconocida y regulada por la ley, una profesionalización y dignificación de su tarea.

Una regularización que continua con los mismos establecimientos, las boticas, imponiendo normas sobre la preparación de medicamentos (píldoras, pociones y ungüentos) a fin de asegurar la calidad del producto y evitar, en la medida de lo posible, los errores.

Y remata con la separación de funciones entre médicos y boticarios que, si bien en principio no parecía que fuera a plantear ningún problema, más bien todo lo contrario, terminó siendo fuente de no pocos.

Intrusismo profesional

Histórico le decía unas líneas más arriba, porque no hemos de olvidar el contexto en el que se produce dicho códice, el antiguo Reino de Sicilia, cuyo rey Federico II solo buscaba garantizar su salud pública y la calidad de los medicamentos.

Un empeño que no solo llegó a buen término, sino que, afortunadamente, sus buenos resultados asentaron las bases para el posterior control sanitario de las boticas en buena parte de Europa.

Sin embargo, las injerencias entre ambos mundos profesionales nunca dejaron de producirse y así, en los estatutos de la Facultad de Medicina de París (1281) se denunciaban determinadas actividades de los boticarios prohibiéndoles, entre otras, visitar a enfermos o dispensar cualquier medicamento, aunque fuera un simple laxante, sin la receta de un médico. (Continuará)

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