En 1839, un joven de apenas 19 años, Alexandre Edmond Becquerel, observó algo extraño mientras experimentaba con ciertos materiales iluminados por el Sol, resulta que en dichas circunstancias generaban electricidad al recibir dicha luz.
Él no lo sabía entonces, pero, sin saberlo, acababa de identificar el efecto
fotovoltaico, el mismo fenómeno físico que hoy posibilita que millones de
paneles solares transformen su “luz” en electricidad “limpia” en todo el mundo.
Descubrimiento por serendipia
Casi sesenta años después, en 1896, su hijo Henri Becquerel, trabajando
con unas sales de uranio y unas placas fotográficas envueltas en papel, las guardó
juntas en un cajón, lejos de cualquier fuente de luz; unos días después, al sacarlas,
sorprendentemente vio que las placas estaban veladas a pesar de haber permanecido
en total oscuridad. Toda una sorpresa.
El 24 de febrero de 1896, entonces cayó en lunes, el físico comunicaba de manera oficial a la Academia de las Ciencias Francesas el casual descubrimiento de ese sorprendente efecto lumínico sobre las mismas sin necesidad de una fuente energética.
Es como si algo invisible hubiera interaccionado
con ellas, revelando (perdón, no se me ha ocurrido otro gerundio) la existencia
de una emisión espontánea de energía que acababa de descubrir. Se trataban de unas
radiaciones propias, naturales, espontáneas y desconocidas a las que Marie
Curie con posterioridad, bautizó con el nombre de radiactividad.
Consecuencias considerables
Con el tiempo, esto es un cinemático tiro por elevación, ese hallazgo no
solo le valió el Premio Nobel de Física en 1903, compartido con Pierre
y Marie Curie, sino que marcó el inicio de la física nuclear moderna
(se acaban de cumplir ciento treinta, 130, años) abriendo de par en par las
puertas al aprovechamiento de la energía nuclear del átomo.
De forma que mientras el padre captó la electricidad escondida en el Sol, el hijo desveló la energía oculta en el corazón de la misma materia. Dos descubrimientos diferentes, dos campos de la ciencia distintos, dos caminos empíricos ajenos y dos científicos separados por décadas, pero unidos por un mismo apellido.
Como quien dice, esta parte de la historia de los Becquerel es
también una potente metáfora: las energías del Sol y el núcleo atómico no son antagonistas
o rivales, sino más bien complementarias o accesorias.
Como padre e hijo que ampliaron juntos el horizonte del conocimiento trabajando
en equipo terminando por ofrecer un sistema energético más limpio, estable y robusto.
Que la ciencia que ya las unió en el siglo XIX y mantuvo hermanadas en el XX, no
las separe en el XXI. Una lección que quizás debamos volver a aprender. (Continuará)
[*] Introduzcan en [Buscar en el blog] las palabras en negrilla y cursiva, si desean ampliar información sobre ellas.




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