Ciencia es todo aquello sobre lo cual siempre cabe discusión.

José Ortega y Gasset (1883-1955), filósofo y periodista español.

viernes, 12 de abril de 2019

Hortensias (del amor)

‘Las Hortensias’. En este relato de 1950, el escritor uruguayo Felisberto Hernández cuenta la historia de María y Horacio, un matrimonio que convive con una muñeca de tamaño humano que es tan natural que, enteramente, parece una jovencita. Lo parece incluso por dentro, ya me entiende. Y es que dispone de un sistema interno de irrigación con agua caliente, que le hace transmitir una sensación de “calor humano”. De hecho, por tener tiene hasta nombre, Hortensia. No le digo más.
Y el caso es que, durante el día, sólo Horacio está con ella. La maneja y coloca de mil posturas diferentes con significados que sólo él conoce, como sólo suyo es el oculto código que descifra tal misterio sexual. Sin duda, disfruta mucho con sus escenas animadas. Mientras, María, consiente y guarda el secreto conyugal como si no pasara nada, al fin y al cabo, en principio, es una rivalidad femenina llevadera. Pero al llegar la noche, todo cambia y nada es igual. No lo es, porque él quiere que los tres duerman juntos, en la misma cama: hombre, mujer y muñeca. Una muñeca-mujer convertida en rival de una mujer-muñeca, conformando así una compleja neurosis sexual y, claro, tan singular trío no puede traer nada bueno a sus protagonistas. A ninguno.
Él es un viejo excéntrico, ex asiduo de las tentaciones del torpe oficio y un cabrón con pintas putañero. Ella no es más que una mujer con demasiados miedos y sombras, ¡qué de sombras finge el miedo! Y la muñeca, la otra, bueno pues es tan sólo eso, una mentira inanimada. De modo que, antes que después, la desgracia se descuelga, los celos se desatan y el turbio drama se precipita. Una noche, María, enloquecida de celos, apuñala a Hortensia con un cuchillo de picar carne. Lo hace de forma impulsiva, en la propia cama, por lo que una hemorragia de tibia agua muñequera, termina empapando el lecho conyugal. Toda una alegoría. Pocos ignoran que una mentira nunca vive hasta hacerse vieja. Hortensia, la muñeca.
‘Memorias de mis putas tristes’. La obra del colombiano Gabriel García Márquez fue publicada en 2004 y no es más que un breve y putero relato acerca de un anciano periodista que, en su noventa cumpleaños, se regala algo especial: una noche de sexo con una puta virgen. Y he aquí que con ella, con la pubescente concubina, llega la sorpresa pues sin esperarlo, el nonagenario se enamora por primera vez. Lo que bien pensado no deja de ser sorprendente y contradictorio pues, al fin y al cabo, el sexo no es más que el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor. Sin embargo, ya ven. Además, para más ‘inri’, está la enorme diferencia de edad, no en vano ella es una adolescente de tan solo catorce años, casi un bebé para él como quien dice. De modo que, ni corto ni perezoso, decide bautizarla y la llama Delgadina. Bueno, después también la “apadrina”, ya me entiende, y así inicia una serie de visitas al burdel. Y hasta aquí debo contar.
En mi opinión, del todo prescindible por otro lado, no creo que la novelita pase a ser una obra canónica del laureado escritor. Es más, ni siquiera pienso que esté al alto nivel de su literatura, pero bueno ahí está. Por otro lado, en ella no faltan las descripciones voluptuosas, los diálogos diáfanos y los adjetivos sensuales, vamos lo esperable en una obra de alguien como ‘Gabo’, lo que está bien, ya que a nadie engaña. (Continuará)
[Esta entrada fue publicada el sábado 16 de marzo de 2019, en el diario digital Rota al día] 


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