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(6 de septiembre de 1522).

Carta de
Juan Sebastián Elcano al rey Carlos I desde Sanlúcar de Barrameda

lunes, 18 de mayo de 2015

Embarazada, madre y científica

(Continuación) Ya saben que después, esta neurohormona, fue la encargada de hacer llegar este celo protector a toda la prole. Lo hizo extendiéndolo de manera uniforme en circunferencias concéntricas de radio cada vez mayor.

Así abarcó primero a la pareja, de ahí su otro nombre, “hormona del amor”; después a la familia más próxima ya la lejana; y por último a otros miembros de la tribu. Por eso también se la conoce como la “hormona del apego”.

En definitiva, la oxitocina es la responsable cerebral de las relaciones afectivas que mantenemos con nuestros semejantes. Y ni que decir tiene que el mayor de los apegos, es el que existe entre una madre y sus hijos.

Se trata de uno de los más primitivos y fuertes vínculos que siente, no solo el ser humano, sino todas las especies animales.

Entre lo profesional y lo personal
Les he hablado de Elisabeht Meyer, pero no les he comentado una curiosa y entrañable circunstancia suya, muy personal.

Resulta que mientras como neurocientífica, estudiaba los cambios que se producen en el cerebro de una mujer durante la gestación, como mujer, estaba a punto de dar a luz su segundo hijo.

Así que ya ven.

Una científica gestante que estudia lo que pasa en el cerebro de una mujer a punto de parir. Se lo he escrito en distintas ocasiones, el hombre es un animal muy, muy, listo. De hecho se considera a sí mismo un animal racional que se autoproclama Homo sapiens, sapiens.

Y en el caso de Elisabeth, si bien la mujer sufría las molestias propias de un embarazo, como cualquier hembra animal, al menos la científica tenía una satisfacción.

Gracias a los conocimientos que iba adquiriendo fruto de la investigación sabía, y de primera mano, las positivas alteraciones que se iban produciendo en su propio cerebro materno y maternal.

Para ir al grano, supo que los mareos que tenía eran una secuela de ese cambio gradual del cerebro, para adaptarse a la maternidad y hacer frente a la gran exigencia que supone este acto.

Averiguó que, a cambio, después del parto se incrementaría la materia gris en determinadas áreas del cerebro relacionadas, sobre todo, con la planificación y la integración sensorial, la resistencia al estrés, la atención selectiva y algunos tipos de memoria. Unas áreas implicadas en el cuidado infantil.

Por último comprobó que las fluctuaciones hormonales que experimentaba, favorecían la aparición de unas diminutas protuberancias en las neuronas, denominadas espinas dendríticas, descubiertas por primera vez en 1888 por Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), y que están encargadas de acelerar el procesamiento de la información.

Fue así como comprendió, por qué las madres pueden convertirse en “seres multitarea”, y ser capaces de atender a varias cosas a la vez, sin sucumbir en el intento.

‘Amor de madre’ tras el parto
Pero el vínculo con el bebé no acaba con el parto. Como es sabido y está comprobado, tras él, la relación materno-filial continúa y persevera. Es un nexo en el que, como es natural, la influencia hormonal pasa a un segundo plano y es, la estrecha interacción con el bebé, la que lo alimenta.

Y en esta interacción el recién nacido juega un papel fundamental. Está demostrado que un bebé hace todo lo posible por atraer la atención de la madre.

Su llanto, su olor, que son únicos, incluso el modo de agarrar con sus deditos los de su madre, actúan como un aluvión de sensaciones sobre el sensible sistema nervioso materno. (Continuará)




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