Un organismo se alimenta de entropía negativa.

Erwin Schrödinger, físico austríaco (1887-1961)

domingo, 17 de junio de 2018

‘Caminante no hay camino’

(Continuación) Y por último el poema que completa con ‘Vasija y jardín’ y ‘Cómo se abrió el camino’, la terna dedicada a caminos y caminantes.  
Poco puedo y debo escribir de la vejez, entre otros motivos porque no creo haberla alcanzado aún, si bien noto que mi cuerpo ya no es el que era, ni de lejos. No digo que como envoltorio que es, se esté poniendo ridículo, esto es la vejez para muchos, pero sí que, como suele decir un conocido galán, soy ya un hombre que más que vestirse se tapa.
En cualquiera de los casos les he de confesar que no me hace maldita la gracia y que, de manera preventiva, no deben tomar al pie de la letra lo que escribo. Sucede que los viejos sabemos, por viejo ya saben, muchas cosas que otros por jóvenes aún ignoran. Cosas de las que, todo hay que decirlo, algunas convendría que no las aprendieran nunca. Nunca jamás. Otras sin embargo, quizás, por qué no, si el saber no ocupa lugar. Y estotras, éstas, indefectiblemente sí por mucho lugar que ocupen.
Del subtítulo sólo recordar lo que ya saben. Forma parte de ‘Proverbios y Cantares (XXIX)’, y pertenece al libro Campos de Castilla (1912) de Antonio Machado.
“Caminante, son tus huellas / el camino, y nada más; / 
caminante, no hay camino, / se hace camino al andar. / 
Al andar se hace camino, / y al volver la vista atrás / 
se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. / 
Caminante, no hay camino, / sino estelas en la mar”.
Del poeta nada que decir, solo que es mi preferido de cabecera y al que suelo releer. No sé por qué extraña asociación de ideas, mientras tecleo estas líneas me ha venido a la mente la imagen de sus últimas, poquísimas y bien modestas pertenencias que conservó su hermano Manuel. "El poeta de quien es hermano Antonio", que decía el vibórico Borges.
Y entre ellas algunas hojas y papeles arrugados con sus últimas palabras y el verso final de “aquellos días azules y este sol de la infancia”, que a pocos escapa que en él resuena uno de los versos iniciales de León Felipe: “pasé los días azules de mi infancia”. Creo que pertenece al poema ‘¡Qué lástima!’ de su primer libro Versos y oraciones de caminante (1920), pero están advertidos, no deben tomar al pie de la letra todo lo que escribo.


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