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(6 de septiembre de 1522).

Carta de
Juan Sebastián Elcano al rey Carlos I desde Sanlúcar de Barrameda

viernes, 5 de abril de 2013

¿El dinero huele? (I)


El dicho popular dice que el dinero no huele y, como expresión, se suele emplear, bien para justificar que el dinero, independientemente de su procedencia, tiene el mismo valor. Dicho esto sin acritud.

O bien para insinuar que alguien ha obtenido sus bienes de manera ilícita, esto dicho ya con acritud.

Nuestro refranero popular tiene ejemplos que aprovechan los nombres de antiguas monedas, como doblones y ducados, para establecer la fácil rima y así encontramos “El doblón nunca huele a ladrón” o “El ducado nunca huele a robado”.

No. El dinero no huele. Como tampoco tiene militancia política, ni preferencia sexual, ni valor estético, ni, por supuesto, al decir del dicho al menos, ético.

Un dicho que como otros tantos nos viene del mundo de los clásicos.

‘Pecunia non olet’ 
Una frase con historia incluida, algo escatológica, pero cargada de sabiduría.

Una anécdota que el historiador romano Dion Casio (155-235aC) atribuye al emperador Vespasiano, en una conversación que mantuvo con uno de sus hijos, el futuro emperador Tito. Una historia que también nos llega contada por el gran historiador romano Suetonio (70-126) en su Vespasiano 23, 3.

En ella, el hijo le recriminaba a su padre el cobrar un impuesto al pueblo por el uso del alcantarillado público, en el que los romanos vaciaban sus orinales.

Le molestaba, al parecer, la procedencia “tan poco limpia” del dinero, por así decirlo. No consideraba él que fuera una forma digna de llenar las arcas públicas.

Fue entonces cuando su padre, Vespasiano, tomando unas monedas procedentes de uno de esos pagos y, poniéndoselas en la nariz, le preguntó: “¿Acaso te molesta su olor?”.

Tito, por supuesto que lo negó. Claro que no le molestaba como olía. Tras lo que Vespasiano contestó: 'Pecunia non olet' (El dinero no huele).

No es un mal argumento. Máxime si tenemos en cuenta que el negocio de la basura, ayer como hoy es, además, muy, muy, lucrativo. No, visto así, claro que el dinero no huele.

Muchos podrían suscribir dicha afirmación como suya propia. Encaja con la naturaleza humana.

¿En qué radicaba el negocio de la retirada del detritus romano? 
En honor a la verdad habría que empezar diciendo que este gravamen había sido introducido ya por Nerón, aunque con posterioridad fue abolido.

Y que en realidad, Vespasiano, fundador de la dinastía Flavia, fue un buen emperador de origen humilde, que sacó a Roma de la ruina en la que la había dejado el despilfarro de la anterior, la Julio-Claudia.

Naturalmente el dinero para poner en orden las finanzas públicas lo recaudaba vía impuestos, de qué forma si no.

En ese aspecto poco ha cambiado el mundo. Ayer como hoy, el emperador, como buen político y siempre velando por nosotros, encontró nuevas formas de recaudar.

Y entre los impuestos que ideó estaba éste del que nos ocupamos hoy, y que llamó vectigal urinae (impuesto sobre la orina). Un gravamen que debían de pagar todos.

Tanto las clases pudientes que vertían sus residuos en la Cloaca Máxima, nombre de la alcantarilla principal de Roma, construida en el siglo VI aC para desecar el pantano donde se edificaría posteriormente el Foro, y que llevaba las aguas residuales de la ciudad hasta el Tiber.

Como las menos pudientes, ya que esta red no cubría toda Roma y mucho menos las zonas de las clases bajas. Ellos debían depositar sus residuos en los urinarios públicos, unas ánforas repartidas por la ciudad ‘ex profeso’ y por cuyo uso se cobraba.

Hoy en día, en Italia, a los urinarios públicos se les sigue llamando vespasiani, es de suponer que en honor al emperador. Un reconocimiento, quizás de escaso gusto, pero reconocimiento al cabo. (Continuará)


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