El mal uso de las drogas no es una enfermedad, es una decisión, como pararte enfrente de un coche en marcha. Aunque también puedes llamarlo error de juicio.

Philip K. Dick (1928-1982)
, novelista estadounidense de ciencia ficción.

viernes, 19 de abril de 2013

Juana de Asbaje y Ramírez (1651-1695) [y II]


(Continuación) Estarán conmigo que no es lo esperable de una mujer, monja, en un convento y en pleno siglo XVII. No, demasiados condicionantes. Pero sobre todos el de mujer. Como persona, sor Juana, siempre mostró inquietud por el status social de su condición femenina.

A lo largo de su extensa obra, publicada casi toda en España, dio muestras de interés por el papel de la mujer en la sociedad. También de preocupación, por la igualdad intelectual entre mujeres y hombres, de la que hizo una defensa sobre la capacidad del saber, sin distinción entre sexos.

Fue una gran aficionada a la observación astronómica y todo un ejemplo de persona con curiosidad por saber. Mejor leen, lo que de ella misma dice: “Soñé que de una sola vez quería comprender, todas las cosas de las que el universo se compone”.


Sabido es que si la curiosidad es la madre de la ciencia, el padre lo es el método.

En su poema ‘El sueño’, un compendio de saber escolástico y conocimiento científico, trata una de las problemáticas del conocimiento científico: la comprensión del universo como empresa que representa la ambición máxima de una mujer que ama el saber.

‘Respuesta a Sor Filotea’ 
Una de sus obras en prosa más conocida es la ‘Carta Atenagórica’. Escrita en 1690, en ella sor Juana criticaba -señalando de forma sutil los errores- la tesis teológica de un célebre jesuita portugués.

Muy pronto el escrito le trajo la admiración de sus contemporáneos y, natural, la reprobación del Obispo de Puebla que, en una carta, le instaba a que se dedicara más a sus labores religiosas y a que abandonara su trabajo erudito.

Más de lo mismo. Como a su antiguo confesor, no le parecía al obispo que fuera actividades apropiadas a su sexo y condición. Un argumento que plantea una paradoja. Porque, resulta curioso el detalle, la carta la firmó bajo el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz, y no como Obispo de la Puebla.

Aunque a lo mejor no es tan curioso. Sabido es que Dios escribe derecho con renglones torcidos. Puede ser. Pero se ve que sor Juana ignora este punto porque, ni corta ni perezosa, le contestó con lo que es su escrito más conocido, ‘Respuesta a Sor Filotea’ (1691).

En él expone su vocación, forma de aprender y amor por el conocimiento. Explica la maravilla de las ciencias, su papel como mujer y el nulo arrepentimiento que tiene de lo que ha hecho y cómo lo ha hecho.

No hay ninguna duda de que estamos ante toda una moderna y actual declaración de intenciones sobre los derechos culturales de la mujer cuando dice:

  “Desde que tengo uso de razón, mi afición por el aprendizaje ha sido tan fuerte y violenta que ni siquiera las recriminaciones de otras personas... ni mis propios reproches... me impidieron que siguiera esta inclinación natural que Dios me dio...”.

Qué mujer.

La Décima Musa
En 1695, México sufrió una época de hambre y peste. Sor Juana vendió todas sus posesiones (libros, aparatos científicos, instrumentos musicales, etc.) y lo donó para los necesitados. Desgraciadamente murió ese mismo año, contagiada de peste que contrajo mientras cuidaba de las monjas enfermas.

Tras su muerte y por todos sus méritos: literarios, poéticos, sociales, humanos y científicos Sor Juana, una de las mujeres más notables de su tiempo, fue reconocida por sus contemporáneos como ‘La Décima Musa’.

Éste es un buen ejemplo de cómo la capacidad crítica y el talante científico de una mujer pueden quedar ocultos por otros méritos, tradicionalmente, más propios de la condición femenina, como la literaria o la poética.

Qué se le va a hacer. De estos mimbres estamos hechos los humanos.


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