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(6 de septiembre de 1522).

Carta de
Juan Sebastián Elcano al rey Carlos I desde Sanlúcar de Barrameda

miércoles, 3 de abril de 2013

A. EINSTEIN: UNA BIOGRAFÍA. Adultez (I)


Y la familia...
Es probable que en este traslado a Zurich, fuera concebido el segundo hijo varón de la pareja, Eduard “Tede”, nacido en julio de 1910. Una boca más que alimentar para una economía no muy boyante.

En realidad, el salario en Zurich no era mucho mayor que el de Praga y los niños (“los ositos”) necesitaban muchas cosas, cada vez más. (En mi teoría de la relatividad puse un reloj en cada punto del espacio, pero en la realidad me es difícil comprar siquiera un solo reloj para mi habitación).
       
No obstante, 1910, fue un año estupendo para Albert. Su querida hermana Maja se casaba, en el mes de marzo, con su entrañable amigo M. Besso. Todo parecía sonreír. Y en Suiza se trataba con amistosa tolerancia a los extranjeros. Un bien que empezaba a escasear.

De Zurich a Praga
Además, el prestigio científico de Einstein llamó la atención de la Universidad de Praga, que pidió referencias científicas de él a E. Planck.

Y el cuántico contestó pronto: “Si la teoría de Einstein [de la relatividad especial] es correcta, y yo creo que se probará que lo es, se le considerará el Copérnico del siglo XX”. Estaba claro.

Le ofrecieron un puesto con relevancia universitaria y económica. Al genio le gustó y ni se lo pensó. En abril de 1911 ya estaba instalado en su nuevo despacho. No había durado ni dos cursos académicos en Zurich.

A quien no le gustó la idea del nuevo traslado, y se lo pensó más de una vez, fue Mileva.

Nuevas molestias por la mudanza, ya con dos críos de siete y un año, y a una ciudad que se había convertido en un foco conflictivo por las poblaciones germana y checa. No era buena idea. 

Praga sería un callejón sin salida, desde el punto de vista social, para el matrimonio Einstein-Maric.

En esta ciudad, Einstein, conoció a un, por entonces, joven F. Kafka, que de día trabajaba en una compañía de seguros y por la noche escribía. También aquí, debió conocer al íntimo amigo de Kafka, M. Brod, que utilizó la personalidad del físico para el personaje de Kepler, en su novela ´La redención de Tycho Brahe'.

La gravedad dobla los rayos de luz
Si en 1907, Einstein, tuvo la asombrosa idea de la curvatura gravitatoria de la luz, pero creyó que el efecto sería demasiado pequeño para poderlo determinar vía empírica, en 1911, encontró un método posible.

Algo en apariencia increíble, pues un haz de luz no parece lo suficientemente sustancial, como para percibir el tirón de la gravedad. Sin embargo el genio pensaba que en un eclipse total de Sol, se podría comprobar la desviación de los rayos de una estrella, al pasar cerca del astro.

Incluso calculó su curvatura: 0,83” de arco. En teoría no estaba equivocado, aunque erró en el cálculo. Sólo determinó la mitad del valor matemático de la desviación correcta.

No había tenido en cuenta que el propio espacio, también, estaba “curvado”. Ya sabemos de las limitaciones matemáticas del físico.

Esta primera idea, decisiva y fundamental sobre la Teoría de la Relatividad General (TRG), la publicó en un artículo de la revista Annalen, bajo el título “Influencia de la fuerza de la gravitación en la propagación de la luz”.

Primera Conferencia Solvay
Las cosas están empezando a cambiar y, Einstein, ya es reclamado por todos. Se le invita a congresos, a dar conferencias, es investido doctor “honoris causa”, etcétera.

Pero el culmen del reconocimiento llega en el otoño de 1911, cuando es invitado en Bruselas a la Primera Conferencia Solvay. Una prestigiosa reunión de los físicos europeos más relevantes, organizada por L. Solvay, un acaudalado químico industrial.

Así y todo, el físico no lo tiene claro. En principio no desea ir y la califica de “molesto aquelarre”. Después acepta. Al fin y al cabo, el hecho de ser invitado le situaba al mismo nivel de los grandes científicos del siglo XX.

Un reconocimiento explícito de su lugar entre ellos. Y con algunos llega a trabar una gran amistad: M. Curie, M. Planck, E. Rutherford, H. Lorentz, H. Poincaré, L. De Broglie, J. Jeans, W. Nernst, etcétera.

De la científica francesa nuestro hombre dijo: “Madame Curie es muy inteligente, pero tiene el alma de un arenque”. No era una crítica. Por el contrario, admiraba su intelectualidad. Sólo es que reconocía en ella, su propia austeridad emocional. Pero ya saben lo de la viga y la paja en ojo propio y ajeno.

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