Un hombre que dedicase toda su vida a ello,
quizás lograra representarse una cuarta dimensión.

Henri Poincaré, filósofo y científico francés (1854-1912)

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Malva de Perkin y moda

El “verano púrpura”, una curiosa expresión que vino motivada por el hecho de que damas vestidas de ese color, se vieran durante esa estación astronómica con relativa frecuencia y por doquier.

Una popularidad que aumentó aún más cuando fue la misma Reina Victoria quien, en la Real Exposición de 1862, lució un vestido de seda teñido con ese color.

Así que todo empezó por el mundo de la moda en el vestir. Pero a mi entender, el arrollador éxito que tuvo fue posible gracias a un par de factores más.

De un lado la sociedad ya estaba preparada, pues la cultura victoriana de consumo conspicuo ya estaba instalada y emergía a toda prisa. Y de otro la industrialización del comercio textil, favoreció el éxito de ventas.

Por supuesto que ni que decir tiene, que no vino nada mal el real y victoriano empujón inglés y, otro empujón, éste imperial, de Montijo y francés.

Sí, nuestra Eugenia de Montijo ya como Emperatriz Eugenia, la más que glamurosa esposa de Napoleón III que, nada más verlo, quedó prendada del nuevo color púrpura de anilina.

Lo mismo que le pasó con el color verde aldehído del traje de seda verde que estrenó en 1863, en una velada en la Ópera de París y que tenía una sorprendente característica.

No se mostraba de color azul bajo las luces de gas de las lámparas, como ocurría con los otros tonos de verde que existían en la época.

Y es que había sido teñido con un nuevo tinte sintético, el verde aldehído, y era por así decirlo el último grito de la técnica de vanguardia química. Lo había descubierto el químico alemán Karl Graebe (1841-1927).

Si leen la historia completa verán cuántos puntos tienen en común ambos sucedidos. No me negarán que es magnífico el nexo. Pero lo dejo aquí.

Líneas abiertas
Eso sí, lo hago consciente de que quedan abiertas tres o cuatro líneas por las que proseguir.

Una, ésta de la moda con Eugenia de Montijo, que a su vez tiene otra abierta (recuerden la tiradora de su pariente, la “Teba”).

Otra la serendípica. Ya hemos recalcado que Perkin no sintetizó la quinina, ahí fracasó, ni por ende curó la malaria.

En aquél momento, ni él ni su maestro el afamado Hoffman estaban en condiciones de saber cuán difícil resultaría la síntesis química de esa molécula. Tanto que casi un siglo tendría que pasar para ello.

Por cierto, la de la imagen de arriba es la clase de 1855 del Royal College of Chemistry.

En el centro de la primera fila el profesor A. W. Hofmann rodeado de los estudiantes, bueno algunos serían sólo alumnos como ahora. El quinto de sus derechas de la fila de atrás es nuestro William Perkin.

El estudiante implicado en esta historia, que tuvo la lucidez mental para saber ver más allá de unos supuestos resultados negativos de la investigación. Supuestos porque los supo aprovechar, que es en lo que consiste el descubrimiento.

Ver lo que todo el mundo puede ver, pero pensar lo que casi nadie hubiera pensado.

En relación con la quinina, y para cerrar de alguna forma la información que apunto, recordar que para su síntesis hubo que esperar casi ochenta y ocho años.

En concreto a 1944, cuando los químicos y profesores universitarios estadounidenses Robert Burns Woodward (1917-1979) y William von Eggers Doering (1917-2011) la obtuvieron.

El trabajo fue publicado de forma conjunta el 11 de abril de 1944 en el Journal of the American Chemical Society. Y veintiún años después, Woodward era galardonado con el Premio Nobel en Química de 1965.

Estotra la científica. Queda dicho que Perkin no sólo hizo popular el color, sino que fue más allá al transformar el desarrollo de la misma química , que es como decir de la ciencia misma.

Por último, tras todo lo escrito hasta ahora, sin duda W. H. Perkin, el hombre y el científico, debe volver por méritos propios a esta tribuna.

¡Ah! Mañana mismo les enroco la firma y rúbrica de nuestro hombre.



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