En efecto, las cosas que aparecen nos hacen vislubrar las cosas no patentes.

Anaxágoras
, filósofo griego (500-428 aC)

domingo, 18 de septiembre de 2016

‘Villa Diodati’, factoría del terror (1)

El caso es que, y a lo que voy desde hace tiempo, como resultado de todos estos factores entre otros, la tarde del 18 de junio de 1816, a Lord Byron que actuaba de anfitrión se le ocurrió una idea.

Una tarde-noche de hace ahora poco más de doscientos (200) años.

Creando monstruos
La idea no fue otra que proponer que, cada uno de los presentes, escribiera su propia historia de miedo. Y además lo planteó como si fuera una especie de concurso literario, que ganaría el que compusiera la mejor historia de terror.

Terror, romanticismo y competitividad de la mano. Una apuesta muy fuerte como para ser ignorada por nadie, sean cuales fueran sus razones.

Ni que decirles tengo que la idea en principio gustó.

Ya tenían en qué entretenerse el grupo de cinco amigos, que sin pausa se puso manos a la obra.

Pero como les dije en otra ocasión la idea, aunque aceptada no tuvo igual seguimiento por todos y, por ende, el resultado fue algo dispar.

Mientras Percy Shelley y Byron iniciaron sus historias, que muy pronto abandonaron dejándolas a medias; no parece que los argumentos tuvieran el suficiente interés como para continuarlas.

Polidori y Mary Shelley sí se tomaron en serio la idea, aunque les costó algo más de trabajo empezar. Vayamos con los primeros.

Fantasma de cenizas y Darkness
Percy comenzó el relato de un fantasma que estaba formado de cenizas.

La idea que tenía en mente es la de un cuento sobre las sombras que todos los niños creen ver por la noche, acechándoles en el dormitorio.

Estaba destinado a su hijo William, pero la prematura muerte de éste hizo imposible que se lo pueda leer.

Por su parte Byron escribe su conocido poema Darkness (Oscuridad), que al decir de los expertos hay que interpretarlo en dos contextos perfectamente diferenciados. Uno interno del poeta, el personal; y otro externo a él, el ambiental.

En lo que respecta al primero, su composición coincide con los meses inmediatamente posteriores a su ruptura con Anne Isabella Milbanke, un periodo de melancolía y nostalgia para él.

No en vano con ella tuvo a su única hija, Augusta Ada Byron, que pasado no mucho tiempo sería conocida en el mundo científico como Ada Lovelace.

Algo hay enrocado, por si están interesados.

Y con relación al segundo, el poema deja buena constancia escrita de los días tenebrosos y gélidos que, como toda Europa, Suiza vivió en aquel período estival de 1816.

Una especie de oscuridad crepuscular que al poeta le sirve de inspiración para esa oda apocalíptica del último hombre vivo tras una catástrofe global, que es en realidad el poema.

Poco más les puedo decir, que realmente domine, por lo que les dejo con el comienzo de Oscuridad:

Tuve un sueño, que no fue un sueño.
El sol se había extinguido y las estrellas
vagaban a oscuras en el espacio eterno. 
Sin luz y sin rumbo, la helada tierra
oscilaba ciega y negra en el cielo sin luna.
Llegó el alba y se fue. 
Y llegó de nuevo, sin traer el día. 
 (Continuará)




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