viernes, 16 de octubre de 2026

Mar de ardora [CR-374]

[Esta entrada apareció publicada el 25 de septiembre de 2026, en el semanario Viva Rota, donde también la pueden leer]

La expresión, perteneciente al vocabulario marinero, deriva etimológicamente del latín ‘ardere’ (arder, quemarse) y ‘ardor’ (calor, brillo, llama, fuego) de donde proviene “ardora” su forma femenina, un mecanismo de sufijación similar a otros vocablos en castellano (como “dolora” de dolor o “tambora” de tambor). Y tradicionalmente se ha utilizado en algunas zonas costeras para denominar a un fenómeno visual lumínico que, de manera natural, a veces, se produce en el mar. 

Una especie de resplandor en el agua por el que ya en la antigüedad los pescadores detectaban el movimiento de los bancos de sardinas u otros peces cerca de la superficie, un brillo azulado o verdoso que el agua del mar emite en la oscuridad cuando se agita bien sea por el propio oleaje, el viento o el paso de peces, nadadores o una embarcación.

Quizás los mares de ardora más conocidos sean los de las costas gallegas -especialmente en zonas de la Costa da Morte (playas de Balarés y Carnota) y en las Rías Baixas (Sanxenxo o las Islas Cíes)- donde la “pesca á ardora” es un método nocturno ancestral para localizar los cardúmenes en la oscuridad y proceder a su captura aprovechando el brillo natural que generan en el agua. 

Un conocido proceso natural del que, durante los siglos XVII y XVIII, las tripulaciones que surcaban el océano Índico y otras rutas contaban historias fantásticas sobre mares que de repente se prendían en un resplandor azul eléctrico o lechoso, pareciendo campos de hielo o fuego frío en la oscuridad. Unos sucedidos que mitos o leyendas adjudicaban a fantásticas criaturas marinas, espíritus o maldiciones, magia en definitiva ya que la ciencia de la época no podía explicar por qué el agua brillaba al paso de los barcos

Conocido le decía, si bien la popularidad no le llegó hasta que Julio Verne (1828-1905) lo inmortalizó en Veinte mil leguas de viaje submarino (1869-70), al describir como el capitán Nemo y sus pasajeros se maravillaban al observar que el Nautilus dejaba una estela brillante a su paso por estas aguas. Un brillo o luminiscencia para la que el escritor apunta una causa verosímil, fruto sin duda de sus conocimientos científicos, la existencia de miríadas de animales marinos lumínicos, es decir, un origen orgánico, bioluminiscencia. 

Un tiro por elevación del francés pues no en vano se le considera, junto al británico H. G. Wells y el luxemburgués-estadounidense Hugo Gernsback como uno de los “padres de la ciencia ficción”. Palabras mayores. De hecho, unos años antes de Verne, ya se había escrito acerca de la existencia de este fenómeno en la bahía de La Habana hacia 1857/58, por un tal Eduard R. Zimmerman, aunque sin dar mucho detalle, por ejemplo, no menciona su color. (Continuará)

[*] Introduzcan en [Buscar en el blog] las palabras en negrilla y cursiva, si desean ampliar información sobre ellas.

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