Amo demasiado a mi país para ser nacionalista.


Albert Camus, escritor y filósofo francés (1913-1960)

viernes, 10 de marzo de 2017

“¡Salvaje es quien llama salvaje a otro!” (y 2)

(Continuación) Juzguen ustedes mismos. Van desde la supuesta infertilidad de las mujeres que no sean mutiladas. Hasta unas sospechosas muertes, si tocan el clítoris, el recién nacido con su cabeza o el varón con su pene.
Pasando por el suspecto crecimiento de los genitales femeninos, con la consiguiente incomodidad al colgar entre las piernas.
Y así ad nauseam. En fin. No insulto sus inteligencias con más ejemplos.
Pero no dejen de tener presente que para los individuos de esas culturas, dicha práctica es una parte irrenunciable de su identidad cultural.
Y cualquier intento de combatirlas, por parte de organizaciones occidentales, es considerada como una muestra de injerencia internacional y otro ejemplo de, un más que, rechazable etnocentrismo.
Pero ¿cómo pueden considerarse las líneas anteriores, argumentos éticos justificadores de las ablaciones, escisiones e infibulaciones que sufren las mujeres de estas culturas?

¿Quién puede defender y desde dónde se puede fundamentar, una pauta cultural que choca tan frontalmente, con derechos que afectan a la conservación de la integridad física de una persona y a su propia subsistencia?
No debemos olvidar que los efectos de estas mutilaciones van más allá del momento de su ejecución. Es frecuente que estas mujeres mutiladas sufran infecciones crónicas, hemorragias intermitentes, abscesos, trastornos renales, etcétera.
Lo dejo aquí, pero ya se imaginarán que no es éste el único comportamiento cultural indigno y, por tanto, condenable.

Por desgracia los medios de comunicación nos dan cumplida información de ellos: esclavitud, infanticidio, sacrificios rituales, deformaciones corporales dañinas, etcétera. La lista es larga.

Y para ninguno de ellos existe defensa posible. La ética, como disciplina racional filosófica, y sus principios universales de derechos y obligaciones elementales, nos deben obligar a tomar una posición intolerante frente a ellos.
El respeto por esas personas -por esos dos millones de mujeres que probablemente son mutiladas cada año- deben impedirnos tener en consideración dichas pautas culturales. 
Deben obligarnos a rechazar ese -antes lo llamé trágico, ahora lo considero terrible y lo que es aún peor, demagógico- relativismo cultural.

'¿Salvaje es quien llama salvaje a otro?’



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