La mujer ocupará en el mundo científico el puesto que le corresponda
de acuerdo con su capacidad, y no necesitaremos cuotas ni nada de eso.

Margarita Salas (1938-2019)
, bioquímica española

viernes, 12 de julio de 2013

A. EINSTEIN: UNA BIOGRAFÍA. Senectud (IV)


... A un Einstein beligerante
Las noticias de Alemania siguen siendo cada vez más alarmantes. Los nazis han cancelado sus cuentas bancarias y requisado sus propiedades, mil seiscientos (1600) profesores judíos son expedientados y pierden su puesto docente, etcétera.

En mayo, el ministro de propaganda nazi J. Goebbels organizó una gigantesca quema de libros, entre ellos, los de A. Einstein, el escritor T. Mann, el neurólogo S. Freud, el escritor H. G. Wells y el novelista M. Proust.

Supuestamente unos eran subversivos y otros dañaban la moral alemana. Razón sobrada para quemarlos.

De vuelta a Bruselas, Einstein renuncia a la Academia Bávara de Ciencias y a su nacionalidad alemana. Es ya en Bélgica donde se produce un giro en su pacifismo.

En agosto se dirige al pueblo belga: “... y dadas las actuales circunstancias, no me negaría a prestar el servicio militar”. Los pacifistas de todo el mundo quedaron consternados.

Einstein se había convertido en una especie de apóstata.

Lejos parecían quedar sus rotundas declaraciones pacifistas de 1928 y 1929. No obstante, seguía considerándose un pacifista, pero mantenía que “... cada espada que se levanta en contra de Alemania, es una espada a favor de la paz”.

No sería el único en pronunciarse en estos términos.

Entre ellos el filósofo británico B. Russell (1872-1970) también renunció a su pacifismo. Tan grave parecía la amenaza del rearme alemán. Ya lo dijo el ensayista H. Heine: “Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres”.

Marcha de nuevo a Inglaterra, donde protagoniza el papel principal de un meeting, en Londres, proayuda a los refugiados y al que le acompaña el físico E. Rutherford (1871-1937) -en la foto está detrás, sentado-.

También se entrevista con W. Churchill y el primer ministro Chamberlain.

Se recrudecen los ataques
Con Hitler en el poder, Einstein, sabía lo que le esperaba si volvía a Alemania. Sabe que se tiene que exiliar. Era y representaba el paradigma de todo lo que los nazis odiaban: pacifista, intelectual y no sólo judío sino también sionista.

En definitiva una figura eminente que se había manifestado contra Alemania durante la última guerra, valoraba más los lazos entre naciones que los de la raza, había renunciado a la nacionalidad, allá por 1896 (con 16 años). En fin, el enemigo claro. El blanco perfecto a batir.

Por suerte en el resto del mundo se le quiere.

Recibe noticias de los reyes belgas, que desean se quede en Bélgica. Los ingleses también tratan de retenerlo en las islas. Incluso, desde España, le ofrecen una cátedra.

De nuevo corre el rumor de que está en la lista de un asesino a sueldo internacional. Europa parece muy peligrosa ¿Qué hacer?

(Viñeta antisemita de la Torre Einstein, celebrando la separación de Einstein de Alemania).

De isla Principe a ciudad Princeton
A principios de setiembre recibe una invitación de R. Millikan (1868-1953). Le ofrece vivir en Princeton. Einstein no lo duda. El 17 de octubre de 1933 el matrimonio llega a los EE.UU. Les acompaña su secretaria H. Dukas.

Las hijas, Ilse y Margot, quedan en Europa.

Llegan a New York con el visado de turista y parten hacia Princeton. Se instalan en el nº 2 de Library Place. Sus vecinos son científicos, ricos negociantes republicanos, conservadores y, algunos, antisemitas. No estaba mal.

El pasado parece haber quedado atrás. Su presente se muestra agradable, se trata de una figura reconocida a nivel mundial y el presidente Roosevelt le recibió en varias ocasiones. Pero su futuro, su futuro, se muestra incierto.

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