[Esta entrada apareció publicada el 02 de enero de 2026, en el semanario Viva Rota, donde también la pueden leer]
(Continuación) O una supernova, una gran estrella masiva que en las últimas fases de su vida agota su combustible nuclear y sufre un desplome gravitatorio que libera más energía de la que emiten todas las estrellas de una galaxia. De modo que ambas son buenas alternativas explicativas y, si le interesa mi opinión, casi mejor la nova que la supernova por demasiado espectacular ésta última.
Además, astrónomos chinos y coreanos observaron una nova durante marzo y abril del año 5 a. C, un dato de lo más interesante si bien con un inconveniente, las novas no se mueven, vaya por Dios. Llegado a este punto, sólo me queda una última hipótesis científica explicativa de su naturaleza, que se trate de una conjunción planetaria con diversas propuestas: para unos, una alineación cercana de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis; para otros, un amasamiento de Marte, Júpiter y Saturno, de nuevo en Piscis, allá por los años 7 o 3-2 a. C. que generaron una luz lo suficientemente brillante como para justificar el fenómeno. ‘No hay misterios, sólo falta de información...’.
De hecho es una buena conjetura que, ya a principios del siglo XVII, propuso el astrónomo alemán Johannes Kepler (1571-1630) pero con un inconveniente, al igual que las novas una conjunción no se mueve como al parecer hizo la Estrella; es sabido que nunca falta un “pero” en la cesta de manzanas científicas. Y hasta aquí puedo llegar. Por desgracia no quedan más hipótesis, aunque no es menos cierto que, de lo anteriormente expuesto, podemos deducir que en los cielos no faltan fenómenos llamativos de los que echar mano, si bien ninguno de ellos por sí solo es una prueba definitiva de la naturaleza física de la Estrella de Belén. Más aún, es muy improbable que esa prueba exista, ya sabe cómo termina lo de más arriba: ‘...Tampoco hay milagros, sólo hechos científicos ignorados’.
Ya de la que va, existe un modelo interpretativo acerca de lo que pudo ser dicha “estrella belénica”, una nueva corriente que en realidad es suma consensuada de varios sucedidos a lo largo de un periodo de dos años: primero la triple conjunción planetaria del año 7 a. C. que habría llamado la atención de los magos; después, en el año 6, un amasamiento como indicativo de que algo iba a suceder en Judea; y que se confirmó con la nova del año 5, una señal de que Jesús había nacido. No sé cómo lo ve usted pero, visto a vuelatecla, no está mal, nada mal; si acaso, y por ponerle un pero, es bien sabido que las soluciones de consenso dan resultado sólo a corto plazo, así que ya veremos en que queda. ‘No existen hechos inexplicables sino inexplicados... por ahora’.
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