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Émilie du Châtelet, matemática y física francesa (1706-1749)

lunes, 1 de diciembre de 2014

Virus, algas y transmisión del ATCV-1


Éste, el que el virus nos lo transmitan las algas, es un mecanismo del todo inusual, y de él hemos sabido hace apenas un par de meses, a primeros de este octubre pasado.

De los virus a las algas.

De las algas
Y para hablarles de ellas, de nuevo vuelvo al instituto y a la asignatura de Biología, disciplina en la que aprendimos que las algas son un grupo de organismos acuáticos muy diverso y complejo. Razón por la que, sin meternos en profundidades académicas, tan sólo destacaremos de ellas una manita de curiosidades.

Como que también son conocidas como plantas acuáticas o inferiores, en contraposición a las plantas superiores o terrestres.

Que pueden ser tanto unicelulares como multicelulares, y llegar a formar grandes colonias en océanos, mares y sistemas dulceacuícolas. De hecho las algas constituyen la base de todos los ecosistemas acuáticos en nuestro planeta, y realizan una de las mayores aportaciones de la sustancia simple oxígeno O2 (g), a la atmósfera del planeta.

Se estima que, sólo ellas, ya participan con cerca del cincuenta por ciento (50%) en el proceso de conversión de materia inorgánica en materia orgánica, gracias a la energía que aporta la luz solar, y que conocemos como fotosíntesis.

Un procedimiento en el que la energía lumínica (electromagnética) se transforma en energía química (mecánica), por mediación del trifosfato de adenosina (ATP), un nucleótido fundamental en la obtención de energía celular y la primera molécula en la que queda almacenada la energía química.

Un dato cuantitativo más que significativo y un proceso cualitativo imprescindible para la vida en nuestro planeta, que hacen de ésta, una información sobre las algas a tener, muy, en cuenta. Pero no es ella la que nos trae. Sino el virus que las infecta.

ATCV-1, un clorovirus de algas y de humanos
Pero que hasta ahora, como ya les adelanté, sólo se había encontrado en las algas verdes.

Esas plantas acuáticas unicelulares en su mayoría, y simples como los estúpidos (perdonen el recurso fácil), a las que muchos de nosotros sólo vemos cuando vamos a la playa. Otra cosa bien distinta son las gentes que viven en localidades costeras o ciudades portuarias.

Para ellos, las acumulaciones de algas nativas o foráneas, no sólo le resultan más que familiares, sino que pueden llegar a crearles algún que otro problema. En el mantenimiento de las embarcaciones, en la diversidad biológica de sus aguas y ahora, por lo investigado, en su propia salud.

Pero claro, si el ATCV-1 es exclusivo de las algas, ¿cómo es que un equipo de investigación los buscó en el hombre?

La pregunta es sencilla y lógica, aunque su respuesta no lo es tanto.

En primer lugar porque no es del todo cierto, que nunca se hubieran encontrado estos tipos de virus en los seres humanos. Desde hace tiempo, distintas investigaciones ya habían detectado la presencia de clorovirus en el tejido cerebral de cadáveres humanos.

Aunque había un problema. No se podía determinar con fiabilidad si la infección se había producido antes o después de la muerte. De ahí que se los buscara en humanos vivos, en concreto en sus gargantas.

¿Qué por qué ahí? No lo sé. Parece que se trata de una nueva serendipia científica.

ATCV-1, una serendipia científica
Al menos así lo reconoce Robert Yolken, jefe de equipo del Instituto de Ciencias Biomédicas de la Escuela de Medicina John Hopkins en Baltimore, que junto a otro equipo en la Universidad de Nebraska han llevado a cabo esta investigación.

Según Yolken, la detección del virus en humanos fue fortuita. Se produjo de forma serendípica, mientras llevaban a cabo un estudio sobre la presencia de ciertos microbios en la garganta y su relación las capacidades cognitivas de los individuos.

Inesperadamente, se dieron de cara con la presencia del ATCV-1. Lo que naturalmente inició una nueva investigación.



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