La vida es un cigarrillo, / hierro, ceniza y candela,
unos la fuman de prisa / y algunos la saborean.

Manuel Machado
, poeta y dramaturgo español (1874-1947)

viernes, 3 de junio de 2016

¿Por qué digo escuchantes y no oyentes? (3)

(Continuación) Pero a lo que vamos. La de ambos verbos es una equivocada sinonimia.

¿Es correcto pensar que el mero hecho de escuchar, implica el de oír?
Ya que en apariencia uno parece englobar al otro, de modo que la mera existencia de escuchar, implica la de oír, la repuesta debería ser afirmativa, pero...

Pero en esta vida, estarán cansados de leerme, nada es lo que parece. Y les pongo un ejemplo ad hoc. Se puede estar escuchando tras una pared y, sin embargo, no oír nada.

O sea que lo uno no implica lo otro.

Y es que oír es una facultad física, mientras escuchar es una actitud psíquica. Y si nos fijamos bien, no existe ninguna prioridad entre lo objetivo y lo subjetivo de ambas acciones.

De modo que no hay forma de establecer una prevalencia de una sobre otra.

Se puede oír sin escuchar, como el que oye llover, y a la inversa, se puede escuchar sin oír apenas, como por ejemplo ocurre cuando se escoña la megafonía de un local, y hacemos vanos esfuerzos por enterarnos.

O la típica escena: “Me escuchas, Aurora” seguido del “Sí, pero no te oigo, ¿me hablas desde un móvil, cariño?”.

De la importancia de ser escuchado
De lo que no hay duda, y cambio de registro, es de lo importante que resulta para el ser humano ser escuchado. De eso, ni la menor sombra de duda.

No en vano es una señal de que nos toman en serio, de que desean conocer nuestras ideas y sentimientos. De que importa lo que tenemos que decir.

Creo que es comprensible que todos prefiramos tener a alguien que nos escuche, en vez de alguien que sólo nos oiga. Y es que puntos en los que basar su argumentario no faltan:

Para oír no se requiere de la voluntad, para escuchar sí. Para oír es suficiente un oído sano y un sonido perceptible, para escuchar se necesita de la premeditación.

Y para no oír es necesario taparse las orejas; para no escuchar sin embargo, basta con no prestar atención, con pensar en otra cosa. “Ni te escucho, cartucho”, que decíamos de niños.

Por tanto, la acción de escuchar es voluntaria e implica intencionalidad por parte del sujeto. A diferencia de la de oír que significa, sin más, percibir por el oído un sonido o lo que alguien dice.

Oír es una acción meramente física, en la que el oyente adopta una actitud pasiva.

Escuchar, en cambio, denota una voluntad de oír, una atención, un interés por comprender el significado o el valor de aquello que se oye. Escuchar requiere una determinada disposición del ánimo hacia la persona o cosa escuchada.

En definitiva y como alguien dijo, se escucha queriendo y se oye sin querer.

Escuchantes mejor que oyentes
Por eso espero que comprendan que haga siempre referencia a los escuchantes de mi sección y no a los oyentes. Una acción que, es más que probable, no sea más que la expresión de un humano deseo.

O quizás una deformación profesional, ya saben de mi trayectoria docente.

Pero no lo sé a ciencia cierta. La verdad. Lo único cierto es que prefiero pensar que tenemos escuchantes y no oyentes.

Sin embargo es esta una idea a la que llevo tiempo dándole vueltas. Y más allá de lo que nos dice la lingüística formal de su uso, me han surgido ciertas dudas. (Continuará)



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