La Alhambra de Granada es la fuente de inspiración
más fértil de todas de las que he bebido.

M. C. Escher, artista neerlandés (1898-1972)

jueves, 21 de abril de 2016

Teléfono de baquelita, 1936 (y 2)

(Continuación) Fue en una clase bachillera de Física y Química donde aprendí por qué el hilo del fusible no podía ser muy grueso.

Tiene que ver con la propiedad de la resistencia eléctrica y su dependencia inversamente proporcional al grosor del cable, R = f(1/s).

Conforme más gruesa fuera la trenza metálica, menos se calentaría por el paso de la corriente eléctrica y, por tanto, menos posibilidad había de que se fundiera con una sobretensión.

Claro, ella no.

Pero el resto de los cables de la casa que no eran tan gruesos sí. Y para eso estaba precisamente. Para que con su fusión y rotura interrumpiera la corriente cuando ésta llevara una tensión excesiva.

De ahí su interés para que le mostrara el grosor de la trenza que yo había fabricado para el fusible de la casa. Un término, el de fusible, entendido como adjetivo sinónimo de fundible, es decir que puede ser fundido.

Y como sustantivo masculino, o sea un componente eléctrico que se coloca en un punto del circuito eléctrico para interrumpir la corriente cuando ésta es excesiva, actuando como mecanismo de seguridad de toda la instalación de la casa.

Una casa, la de mi abuela, de altos techos y paredes encaladas por las que discurrían los cables de la electricidad aislados, trenzados, forrados de tela y a la vista, por los que circulaba la “luz” o corriente eléctrica.

Unos cables de los que podían colgar unas “peras” de baquelita o porcelana para poder encender la luz sin moverse de la cama. O unos portalámparas negros con una bombilla de incandescencia enroscada.

Unos cables sobre la pared cogidos e interrumpidos por enchufes e interruptores de porcelana con la palomilla de madera gastada por el uso. O por unas cajas de empalme para sacar una derivación para otra habitación.

Nada que ver con la electricidad doméstica de hoy.

Teléfono negro de baquelita
Y naturalmente también había un teléfono de baquelita negra. El primer teléfono de mi abuela.

Uno rotatorio con su disco de marcar muy parecido al de la imagen de cabecera de la entrada, si bien no tan antiguo. No tan antiguo digo, abro un inciso, porque si bien la mía es ya una edad, eso no se lo voy a ocultar, en honor a la verdad, he de decirles que no llega a tanto. Cierro el inciso.

Un disco de marcar giratorio, el del teléfono, provisto de diez (10) agujeros numerados del 0 al 9, que nos permitían ponernos en contacto directo con otro usuario del servicio telefónico y cuyo número conociéramos.

Bastaba con descolgar el auricular e introducir el dedo en el agujero numerado, haciendo girar en sentido horario el disco hasta el tope y sacando después el dedo para que el disco pudiera regresar a su posición original.

El número telefónico deseado se marcaba repitiendo esta operación con cada cifra del mismo. Hoy basta con pulsar una tecla. Cómo pasa el tiempo.

Bueno pues esto es lo que les quería contar del teléfono de 1936, sin llegar a cansarles.

Sin embargo, también les he dicho de él que estaba fabricado de baquelita y éste es un nexo que no puedo dejar pasar.

Ya saben de mi formación universitaria, estudié química. De mi profesión, me he dedicado a la docencia. De mi vocación, soy divulgador científico. Y de mi deformación expositiva, tiendo a la dispersión.

Es evidente que buena parte de lo mío no tiene ya solución, pero esta entrada sí que tiene final. Que mi abuela María me decía que el undécimo era no molestar. O que lo poco gusta y lo mucho cansa.

Por cierto, ¿qué es la baquelita?

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