Si me siento infeliz, hago matemáticas para ser feliz.
Si me siento feliz, hago matemáticas para seguir siendo feliz.​

Paul Erdős, matemático húngaro (1913-1996)

martes, 12 de abril de 2016

Papas y Ciencias: Paulo V

Fue el papa número 233 de la Iglesia católica entre 1605 y 1621.

Pablo V (1552-1621) de quien recordemos que en 1616 prohibió hacer más reproducciones de la Verónica, salvo que se adecuaran a la existente en la Basílica de San Pedro.

Tal era la cantidad de reproducciones realizadas hasta la fecha, por numerosos artistas y en distintos estilos.

Y ya saben del ingente negocio que suponía para una iglesia, poseer una supuesta reliquia.

Pero hete aquí que este papa y este año de 1616 fueron también relevantes en el campo de la ciencia.

Y así es el mismo año en el que la Iglesia comienza su juicio contra el físico y matemático Galileo Galilei (1564-1642) y su descabellada idea de que era la Tierra la que se movía y no el Sol.

Pero bueno, vino a pensar el buen de Pablo V ¿Qué herejía es ésa hombre? Si todos saben que Luna, Sol y demás estrellas son los que giran alrededor de la Tierra.

¿O no es eso lo que nos enseña la experiencia cotidiana del día a día? ¿Acaso no “salen” y se “ponen” Sol, Luna y estrellas para nosotros todos los días?

Pues claro que giran alrededor de nuestro planeta, ¿de dónde si no? ¿O no es acaso el hombre, el centro del universo por decisión del propio Dios?

Y por otro lado, ¿no nos dice y bien claro la Biblia, qué es lo que se mueve en este mundo? ¿No mandó Josué parar al Sol y éste lo hizo?

Eppur si muove
Vamos, vamos. Está más que claro que con esas ideas, el pisano debía ser condenado por hereje. Una historia que acabó, o eso cuentan, con el manido eppur si muove.

El supuestamente verbalizado arrepentimiento, “y sin embargo se mueve”, que le salvó la vida. Un final bien diferente del que unos años antes (1600) le había acaecido a Giordano Bruno, que murió en la hoguera por decir cosas más o menos parecidas.

Ya les dije que por esa época, con una iglesia omnipresente y omnipotente, no se podía uno tomar determinadas licencias.

Es más, el 5 de marzo de ese año 1616, la Iglesia Católica incluía en su índice de libros prohibidos la obra De revolutionibus orbium coelestium de Nicolás Copérnico (1473-1543). Otro igual de hereje que éstos, pero que anduvo más listo que ellos.

Como es sabido el astrónomo polaco no permitió que su obra, con la teoría heliocéntrica y el modelo matemático que la acompañaba, fuera publicada hasta después de su muerte.

Dicen que le llevaron al lecho, ya con sus últimos alientos de vida, el primer ejemplar recién salido de la imprenta, en 1543.

Sin duda Copérnico era un hombre prudente que conocía a la Iglesia y sabía cómo las gastaba la santa madre. Algo que no se puede decir ni del chamuscado Bruno, ni del humillado pero salvado Galileo.

Quien con sus ideas no solo cuestionaba que los textos bíblicos fueran válidos para una verdadera ciencia (heliocentrismo frente a geocentrismo).

También ponía en solfa los principios sobre los que hasta ese momento se había sustentado el conocimiento. De hecho introdujo las bases del método científico que a partir de entonces se fue consolidando.

Y no quedó la cosa ahí. En el campo de la filosofía aparecieron nuevas corrientes de pensamiento: racionalista con René Descartes y empirista con Francis Bacon y Robert Boyle.

Pero bueno eso es harina de otro costal. El nuestro es ir de papa a papa.



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