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(6 de septiembre de 1522).

Carta de
Juan Sebastián Elcano al rey Carlos I desde Sanlúcar de Barrameda

domingo, 8 de junio de 2014

Vetusta Morla, el grupo musical


Sí. Ha leído bien. Y no. No se trata de un error por mi parte. Algo que tampoco sería de extrañar, dicho sea de paso, y ustedes me hacen saber cada vez que lo consideran necesario.

Pero qué quieren, no es éste el caso. Y el título es el que es.

Hace referencia a la banda de rock alternativo española que nació a finales de los años 90 del siglo pasado. Aunque no es propiamente de su música de lo que les quiero hablar, ya se lo habrán imaginado, sino de los nexos que el grupo musical tiene, con algunos asuntos relacionados con las ciencias.


De esos que me llaman la atención, ya saben. Posibles enroques.

Empezaré con el nombre del conjunto y del que ya les digo ignoro la razón por el que lo eligieron. Una línea de investigación que dejo abierta para quien la quiera tomar.

No sé el porqué de la elección, pero sí a lo que hace referencia. En este caso es una referencia literaria.

Vetusta Morla, es el nombre de la vieja tortuga que aparece en La historia interminable, o también La historia sin fin, la famosa novela juvenil de 1979, del escritor alemán Michael Ende (1929-1995).

Traducida a más de treinta y seis (36) idiomas, fue todo un éxito literario desde el primer momento, y con el tiempo ha llegado incluso a conocer diversas adaptaciones cinematográficas, aunque eso sí con suerte desigual.

Vetusta Morla, la tortuga literaria 
En la novela fantástica, Morla es una tortuga -quizás una de las criaturas más viejas (vetusta), sabias y poco sociables del reino de Fantasía-, un animal que optó por creerse sólo lo justo, para así no convertirse en nada.

Sí, sé que escrito así suena algo enigmático, pero lo dejo aquí. No quiero desmadejarles el ovillo de la intriga de la historia. Mejor se leen el libro, de lectura recomendable.

Bueno, dejo a Morla, el personaje fantástico literario, pero me quedo con la tortuga, el animal real y biológico. Así que voy del arte a la ciencia, como el poeta cuando nos dice: “sin calor de nadie y sin consuelo / voy de mi corazón a mis asuntos”.

Que nos son otros sino el hablarles, por ejemplo, algo de las tortugas o quelonios. Un orden de reptiles caracterizado por tener un tronco ancho y corto, y un caparazón que protege los órganos internos.

Un animal del que es proverbial su extrema longevidad y la dureza de su cubierta, de la que salen cabeza, cola y patas.

Harriet, la tortuga de Darwin
Una de las más longevas de las que tenemos constancia es Harriet, una tortuga de las Galápagos de la que se estima alcanzó una edad de ciento setenta y seis (176) años.

Pero que si es conocida mundialmente, no lo es por su edad al morir, sino porque se cree que fue capturada por el mismo Charles Darwin en 1835, en las islas Galápagos.

Una de las tres que capturó y se trajo consigo de vuelta al Reino Unido, a bordo del HMS Beagle. Una tortuga pequeña, del tamaño aproximado de un plato, por lo que estimaron que debía tener, por aquel entonces, unos seis años.

Harriet murió el 25 de junio de 2006 en el Zoo de Australia, donde vivió sus últimos setenta y siete (77) años.

Un historia enternecedora y con aparente bagaje científico, si no fuera porque tiene todas las probabilidades de ser apócrifa. Pruebas genéticas realizadas a la tortuga indican que pertenecía a una subespecie endémica de una de las islas Galápagos. Una que nunca llegó a visitar el naturalista Charles Darwin.

Que con su libro 'El origen de las especies', nos mostró y demostró su Teoría de la Evolución, basada en el mecanismo de la selección natural. Una obra que revolucionó la biología y un hombre que nos hizo reflexionar sobre lo que somos y el por qué somos como somos.

Les supongo al tanto. Los humanos somos monos. No es que descendamos de ellos, somos ellos. O sus primos, como quieran. Para esto, lo mismo me da que me da lo mismo. (Continuará)



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