En efecto, las cosas que aparecen nos hacen vislubrar las cosas no patentes.

Anaxágoras
, filósofo griego (500-428 aC)

lunes, 14 de septiembre de 2015

Manzanas y patatas transgénicas (1)

Por todo lo dicho con anterioridad, en este intrincado y atrancado debate sobre los alimentos transgénicos en Europa, la manzana ártica y la patata innata representan dos innovaciones de gran importancia, según la European Plant Science Organisation (EPSO).

Novedades interesantes
La primera novedad, relacionada con la bondad de estos productos, radica en las ventajas que presentan sus semillas transgénicas. Ventajas no sólo comerciales para fabricante o agricultor, lo que es importante, sino también alimentarias para el consumidor, lo que es imprescindible.

La segunda es de índole más científica y técnica, aunque no por ello de menor relevancia, claro.

Han de saber que hasta ahora, todas las plantas transgénicas (las llamaremos tradicionales) se generaban introduciendo un gen (unidad de información y de herencia molecular) extraño-por ejemplo, bacteriano- en el genoma (conjunto de genes y su disposición contenidos en los cromosomas) de una especie vegetal.

Un añadido genético que al entender de algunos, venía a ser una suerte de salto en el vacío entre especies vegetales, del todo inadmisible al considerar sus resultados como monstruos antinatura, opuestos a las determinaciones de la Madre Naturaleza.

Ya saben, la hipótesis de Gaia. Ese, para algunos, conjunto de modelos científicos de la biosfera, según el cual la vida misma es la que fomenta y mantiene unas condiciones adecuadas para sí misma, afectando para ello al entorno. Y ahí lo dejo que me disperso.

No sin antes explicitarles que en este contexto se entiende por biosfera, como la zona del planeta constituida por agua, tierra y aire, en la que se desarrollan los seres vivos; una capa que abarca desde una altura de unos diez kilómetros (10 km) en la atmósfera, hasta los fondos oceánicos.

Frankenfood
Y lo dejaba ahí porque, lo que hoy nos trae, guarda relación con las semillas transgénicas que, para ciertas personas, van contra las leyes naturales y hasta humanas. O sea de lo malo lo peor.

Es la razón por la que Greenpeace y otras asociaciones ecologistas las califican de organismos modificados genéticamente, y se refieren a ellas con el intencionado y poco favorecedor nombre de Frankenfood, es decir “comida Frankenstein”.

Quiero pensar que por una maleva asociación de la industria alimentaria con el monstruo del doctor Frankestein, ese hijo literario de la escritora inglesa Mary Shelley (1797-1851) y perteneciente a su novela gótica de 1818, Frankenstein o el moderno Prometeo.

Ya hemos dado algunas pinceladas sobre el entorno de la obra y su autora.

Con la lectura de sus páginas nos adentramos en temas tan escabrosos como la moral científica, la creación y destrucción de la vida o la presunta relación del hombre con Dios. De ahí el subtítulo de moderno Prometeo, dada la rivalidad que se plantea y que el protagonista encarna, al querer igualar el poder de Dios.

Una especie de Prometeo moderno que arrebata a la misma divinidad, el fuego sagrado de la vida. Un insulto en toda regla para el ser divino y una acción peligrosa para el humano ser.

Tras lo dicho, y a pesar de lo poco apuntado, no le extrañará si les digo que la obra está considerada como el primer texto del género ciencia ficción. Por fecha y temática es más que probable que lo sea.

El entorno personal de la Shelley
Y de ella, de Mary Wollstonecraft Godwin, conocida como Mary Shelley, amén de lo enrocado, recordarles que fue hija de filósofo y político británico William Godwin (1756-1836), pionero y precursor liberal del pensamiento anarquista y del utilitarismo.

Es hija de él y de la filósofa y escritora inglesa Mary Wollstonecraft (1759-1797). Una de las precursoras de la filosofía feminista, auténtica antesala de las bases del actual feminismo moderno.

Ni que decirles tengo que la Wollstonecraft fue, por sí misma, una de las mujeres más populares de Europa de la época. De la Shelley bien podemos decir aquello que “de casta le viene al galgo”.

Pero es que, para colmo, se casó con el conocido ensayista y poeta romántico Percy Bysshe Shelley (1792-1822), muy relacionado con contemporáneos de la talla de John Keats y Lord Byron, sí el padre de Ada Lovelace. (Continuará)




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