La ciencia no sabe de países, porque el conocimiento pertenece
a la humanidad y es la antorcha que ilumina el mundo.

Louis Pasteur, científico francés (1822-1895)

miércoles, 3 de octubre de 2018

Hasta el infinito y más allá [CR-06]

La cita pertenece a la película ‘Toy story’ de 1995 y para mi nieto Carlos es su frase favorita del muñeco astronauta Buzz Lightyear, su héroe predilecto. Se trata de un niño de cuatro años, por lo que está bien.
Sin embargo, para algunos adultos, la frase viene a ser una especie de negación de los límites que determinados cometidos humanos tienen o creemos que pueden tener, y que nos impiden siquiera acometerlos. Así que es como un rechazo a la falta de confianza para dar un paso adelante, o dos, o los que hagan falta, de ahí lo de “Hasta el infinito y…”. Lo que visto así, también está bien, la historia no habla de los cobardes.
Pero para otros la cita es más bien una prueba de la beocia, de la estupidez humana o, bien dicho, sólo de la estupidez, pues únicamente los humanos hemos demostrado ser animales estúpidos. Y digo prueba por el uso que hacen del término infinito, unido a la idea de llegar más allá.
Un concepto que aparece en campos de conocimientos como matemática, filosofía y astronomía haciendo siempre y sin ambigüedad, referencia a una cantidad sin límite o final. Es decir que es contrapuesto al de finitud, de ahí lo de beocia.
La idea es que si nunca se acaba de llegar a él, nunca podremos dar el paso de ir más allá, o sea que a todas luces es una estulticia que no obstante, y aquí lo preocupante, podría decir con toda seriedad un tonto a las tres que gozara de pretendidas y pretensiosas inquietudes intelectuales. Lo que ya no está bien, de hecho nada bien.
Y yendo de la opinión a lo objetivo, del término infinito me gustaría comentarles un par de detalles. Uno, que fue el matemático inglés John Wallis (1616-1703) el primero que utilizó su símbolo y dicen que para su forma se inspiró en la curva ‘lemniscata’, creada por el científico suizo Jacob Bernoulli (1654-1705). Lo que resulta bastante verosímil, basta con verlas.
Dos, que no todos opinan igual. Algunos consideran que podría provenir de símbolos alquímicos o religiosos anteriores, refiriéndose sobre todo al del uróboros que seguro conocen, es ese animal serpentiforme que engullendo su propia cola conforma una circunferencia. Si les soy sincero, no lo veo tan parecido como la curva de Bernoulli.

Otros ven como origen la cinta de Möbius. Ella es esa superficie con una sola cara y borde que por la forma es perfecta, pero a la que le veo un inconveniente temporal. El símbolo de infinito ya se usaba cientos de años antes de que la cinta fuera codescubierta en 1858. Él es el matemático y astrónomo alemán August Möbius (1790-1868). ‘Sólo dos cosas son infinitas, el Universo y la estupidez humana. Y de la primera no estoy seguro’, nos dejó dicho el genio relativista.
[*] Introduzcan en [Buscar en el blog] las palabras en negrilla y cursiva, si desean ampliar información sobre ellas.
[**] Esta entrada apareció publicada el 20 de julio de 2018 en la contraportada del semanario Viva Rota, donde también la pueden leer.




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