La ciencia no sabe de países, porque el conocimiento pertenece
a la humanidad y es la antorcha que ilumina el mundo.

Louis Pasteur, científico francés (1822-1895)

domingo, 21 de agosto de 2011

¡Eureka! ¡Eureka! (I)

Es el grito primario del cazador solitario que cobra su pieza. También el del investigador científico que nos dice que la ciencia es simple.

Es el destello de la intuición del investigador, seguido del estallido de júbilo del hombre. Primero la luz y después el sonido.

Como mandan las leyes de la Física.


Arquímedes de Siracusa (287aC-212aC), el científico y matemático más notable de la humanidad,  hasta el nacimiento de Isaac Newton dos mil años más tarde, es en esta ocasión el hombre genial. Un hombre de leyenda.


Y no son pocas las leyendas que se cuentan de él.

La que nos trae hoy muestra que es posible que la ciencia teórica nazca de un problema práctico. Que una aplicación de la vida cotidiana, puede conducir al descubrimiento de un principio de ciencia pura.

Como podemos ver, un viejo dilema éste de las disputas entre físicos teóricos y prácticos. Pero no es de eso de lo que les quiero hablar. De modo que enhebro.

La historia de la corona
Según cuenta Vitruvio, arquitecto, escritor, ingeniero y tratadista romano del siglo I a.C, en cierta ocasión Arquímedes fue requerido por su pariente y amigo el rey Hierón II de Siracusa.
El monarca andaba preocupado por una corona que había encargado a un orfebre, y para la que le había entregado una cantidad determinada de oro. Temía que se fuera a quedar con parte del preciado metal.

De ahí que una vez en su poder, pesara la corona en una balanza. Pero no hubo sorpresa. Su peso coincidía, exactamente, con la cantidad de oro entregado.

Sin embargo Hierón no las tenía todas consigo y sospechaba del joyero.

Creía que había sustituido parte del oro por otro metal como plata, cobre o cualquier otro menos valioso. Es decir que lo había aleado, quedándose con el resto. Lo creía, pero no tenía forma de demostrarlo.

Por eso le pidió al gran Arquímedes que lo averiguara, por supuesto, sin dañar la corona que, dicho sea de paso, le había gustado mucho.

Y en esas anduvo el físico durante bastante tiempo, sin que pudiera hallar una solución adecuada. Por más vueltas que le daba, no acababa de encontrar la forma de averiguarlo sin estropearla.

El sucedido del baño
Hasta que un día la respuesta le vino de repente. Tan de repente que le cogió en un baño público. Ahí fue consciente de un fenómeno muchas veces observado por todos pero, hasta ese momento, nunca visto por nadie.

Los cuerpos, al ser sumergidos en agua, desplazan a ésta y ocupan su lugar. Es como si donde estuviera uno no pudiera estar la otra. De ahí que el agua subiera de nivel o se desbordara. (Continuará)

3 comentarios :

Pía Baroja dijo...

Esperaré intrigada la próxima entrega.
Saludos.

Universocultural dijo...

A mí que no me atrae para nada la física, con este artículo me he divertido mucho. Me ha gustado. Gracias

Universocultural dijo...

A mí que no me atrae para nada la física, con este artículo me he divertido mucho. Me ha gustado. Gracias