
Darwin le puso delante de la cara un espejo y observó, con sorpresa, su expresión de desconcierto. Tan parecida a la humana. También se percató de la cara de miedo y recelo que ponía cuando, a escondidas, hacía algo que sus cuidadores le tenían prohibido. Mismamente como nosotros. No. No podía ser casualidad.
Si la Biblia decía que el hombre había sido creado a imagen y semejanza de Dios, ¿cómo era posible que se pareciera tan extraordinariamente a ciertos simios? No, no de nuevo. Nada de creación divina.

Estamos emparentados en mayor o menor grado, con toda la panoplia de formas de vida que pueblan el planeta, a través del mecanismo de la evolución. Es lo que había.
Para él se trataba de una reflexión que, a diferencia de lo que pensaba W. Congrave, no tenía nada de humillante ni de mortificante. Pero a la que no llegó de forma sencilla. A pesar de su incuestionable genialidad necesitó más de veinte años en publicarla.
Es el segundo parecer sobre un parecido, del que les hablaba. El primero el de un literato y éste segundo el de un científico. Pero no hay dos sin tres. (Continuará)
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