Un hombre que dedicase toda su vida a ello,
quizás lograra representarse una cuarta dimensión.

Henri Poincaré, filósofo y científico francés (1854-1912)

martes, 8 de septiembre de 2015

Brandi y los grafitis (1)

“Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión”. Así, en todo lo alto, les dejaba un servidor de ustedes en la última entrada grafitense.

Y por supuesto que tiene razón el amable lector que hace unos días me escribió al respecto de la autoría. La cita pertenece a la novela de fantasía La historia interminable, 1979, del escritor alemán Michael Ende (1929-1995).

Desgraciadamente, y por meros intereses de la entrada, la endeliana frase sólo era un pretexto. Una suerte de nexo con el siguiente protagonista de esta historia grafitada en cinco (5) pasos. A saber.

Uno, el divertido Romani ite domum; dos, el náutico carmonense; tres, el oriental flaubertiano; cuatro, el de De Botton; y cinco, el último por ahora. El libro Viaje a la Grecia antigua, escrito en 1954 por el historiador y crítico de arte Cesare Brandi (1906-1988), en su periplo que realizó por el país helénico.

Un referente que si comparamos fechas, tuvo lugar más o menos un centón de años después de las cartas motivadas por el viaje de Gustave Flaubert por Oriente. Una historia con la que guarda ciertas semejanzas.

Semejanza admirativa
Salvando el detalle del destino viajero, Grecia para uno y Oriente el de otros, ambos coinciden en algo: la admiración que les produce lo que ven. Es la primera de las semejanzas.

En el caso de Brandi unas columnas de un viejo y ruinoso templo, en un saliente de roca en el cabo Sunion, allá al norte de Atenas. Objetivamente un paraje bellísimo para cualquiera, pero que a él le lleva a un estado de entusiasmo inusitado.

Por lo escrito, su contemplación provoca en el espíritu del italiano un desbordamiento de euforia sin límites, algo casi tóxico diría yo. Y aunque no he encontrado nada escrito al respecto, esa es la verdad, a lo mejor, es mi opinión, a lo mejor digo, estamos ante otro caso de Síndrome de Stendhal.

Ya saben “En 1817, el joven novelista francés Stendhal visitó la ciudad de Florencia. Nada le había preparado para la acumulación de tanta belleza.

Entró en la monumental iglesia de Santa Cruz, de repente se sintió aturdido, sufrió una ligera desorientación, palpitaciones y una intensa sensación de falta de aire y tuvo que salir”
.

Hoy en día, a estos síntomas se le conocen como Síndrome de Stendhal y algo está enrocado.

Pero volvamos con Brandi. En sus propias palabras describe las columnas de cabo Sunion, de "un blanco sobrehumano, que resiste al cielo turquesa, al verde esmeralda, al topacio quemado de la tierra".

Semejanza en la indignación
Creo que se puede adivinar su entusiasmo artístico sin necesidad de añadir más texto. Pero si lo hiciéramos, nos sorprendería su lectura cuando, en una de las anotaciones finales, se nos invita a que, si vamos allí, a cabo Sunion, no nos acerquemos en exceso a esas columnas de "la Grecia de nuestra civilización".

Coincidirán conmigo que se trata de un contrapunto artístico y emocional, pero que él aclara. Si nos acercamos lo suficiente a ellas, inevitablemente veremos “las superficies maltratadas con nombres grabados como para una batalla electoral.

Y fechas, que confirman la persistente barbarie de los hombres, más antigua que ellos mismos. 1817, 1848, 1810... Holanda, Turingia, Inglaterra: cada país ha dejado su impuro sedimento de fervor y de vanidad.

Y no se trata de firmas escritas a lápiz: están todas grabadas, con un trabajo duro y obstinado"
.

Naturalmente Brandi se indigna ante semejante visión. (Continuará)




No hay comentarios :