Probablemente se trate de uno de los hechos más relevantes en el estudio del sistema solar exterior y viene a reforzar la idea de que los confines del mismo no están definidos por la órbita de los planetas, sino por el alcance del campo magnético solar. Y es que ambas sondas (también la Voyager II) han detectado la existencia de un campo magnético que contradice las hipótesis iniciales de que el del medio interestelar sería totalmente distinto al generado por el astro.
Y no es así,
las mediciones muestran una inesperada continuidad, hablamos de la heliosfera,
enorme burbuja energética cuya frontera más lejana, la heliopausa, actúa a modo
de frente de choque, donde, viento solar e interestelar encuentran un punto de
equilibrio.
Por poner un símil, esta región del espacio vendría a ser como esa proa de barco que corta el océano en su singladura, generando una estructura en forma de onda a medida que se desplaza por el espacio y que es crucial para entender cómo nuestro sistema se protege de los peligros cósmicos. Sin duda, nadie imaginó que, casi medio siglo después de su lanzamiento, esta sonda seguiría “viva”, mandando información relevante y crucial sobre el entorno interestelar, y lo hiciera desde un territorio donde ni el mismo Sol ya manda.
A más inri, todo ello,
con unos instrumentos diseñados hace más de cuarenta años y que siguen
funcionando, vamos, una reliquia de otra era tecnológica. Sí, la nave no quiere
jubilarse y aunque su energía nuclear se agota y algunos sistemas ya se han
apagado, ella nos sigue hablando. Algo que, por otro lado, esperamos siga haciendo
durante unos meses más, hasta finales de año o principios del siguiente en el
que por cierto celebraríamos aniversario.
[*] Introduzcan en [Buscar en el blog] las palabras en negrilla y cursiva, si desean ampliar información sobre ellas.
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