domingo, 14 de mayo de 2017

Primer documento sobre la tortilla de patata (y 2)

(Continuación) Pero por si interesa a alguien, les puedo poner en la pista de cómo llegué a, llamémosla así, la hipótesis navarra. Así acababa la entrada anterior. Y en éstas continuamos.
Siguiendo la pista
La fecha más reciente de la que tengo constancia acerca de este tema, es la que corresponde al boletín número 4 de la Cofradía Vasca de Gastronomía, de diciembre 1970.
En él aparece un artículo “La tortilla de patata” en el que su autor, el escritor Félix Mocoroa, escribe sobre ella y su origen que, vaya por delante, en su opinión es “netamente vascón”. Normal, la tierra tira.
Tal afirmación la sustenta en el ya mencionado manuscrito anónimo presentado a las Cortes de Pamplona en 1817, y que aparece citado en el libro Espoz y Mina, el Liberal escrito en 1967 por el conocido polímata del siglo pasado José María Iribarren (1906-1971).
Un libro que en parte está basado a su vez en otro trabajo suyo anterior, de 1956, publicado en la revista Príncipe de Viana. Uno titulado ‘El comer, el vestir y la vida de los navarros de 1817, a través de un "memorial de ratonera"’.
En el mismo, Iribarren cuenta cuáles fueron la totalidad de las peticiones de los labradores y cuáles las refutaciones y proposiciones que presentaron, en contra de las reivindicaciones que otros gremios habían presentado a su vez a las mismas Cortes.
Por cierto que en este artículo se vuelve a hacer referencia a otro anterior, del que es autor el escritor Ramón Mesonero Romanos (1803-1882) y que aparece en su obra Memorias de un sesentón, natural y vecino de Madrid de 1880. Allí se explica cómo y quién hacía tal “arrautzopil”: “...dos o tres huevos en tortilla para cinco o seis, porque nuestras mujeres...”.
A favor y en contra de la hipótesis navarra
A favor. Para algunos exégetas de la “cosa tortillense” esta hipótesis, quizás la más extendida, se podría ver reforzada por una tradición que seguro conocen. Es aquella que nos habla de la relación entre el general carlista Tomás de Zumalacárregui y la susodicha tortilla de patatas, allá por 1835.
Una leyenda en realidad, que nos llega en dos versiones pues mientras para unos la tortilla fue cocinada en su propia casa por una tal María Tirgo, vecina de una zona cercana a Estella. Allí fue donde la probó el general y no sólo le gustó, sino que terminó convirtiéndose en un experto tortillero.
Para otros, quien en verdad la hizo fue el cocinero del general en el campamento militar. En fin, ya saben cómo son estas cosas. Así que vaya usted a saber.
Lo único cierto por ahora es que, en puridad, no existe dato alguno que las sustente, ni a una ni a otra. Ergo, marchando una de hagiografía.
En contra. Bien, hasta aquí bien, pero claro. A pesar de la relativa abundancia de referencias bibliográficas sobre el origen navarro de la expresión “tortilla de patata”, no debemos perder de vista que toda ella se sustenta en la existencia del manuscrito anónimo de 1817.
Un detalle no menor y a tener en cuenta porque, ¿quién ha visto el memorial en cuestión? ¿Alguien sabe dónde está?
Lo digo porque, aunque es probable que esta hipótesis sea cierta, mientras no se localice el susodicho memorial, la paternidad del origen del invento está en el aire.
Es lo que hay. Una de dos. O se encuentra o alguno de los escritores de la cadena de citas tuvo, por decirlo de alguna manera, un exceso de imaginación. Lo que si se piensa tampoco es tan infrecuente. Así es la condición humana.
Ya les dejo, pero no sin antes explicitar que la navarra no es la única hipótesis con apariencia de verosimilitud sobre la primera documentación de la tortilla. Existe otra, en principio incluso anterior, la llamaremos la hipótesis pacense.


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