domingo, 25 de septiembre de 2016

Estetoscopio de Laennec (1816). Preliminares (1)

Convencido estoy que al lector atento del blog, la expresión del título le suena a “enrocada”. Bien sea por el conocido instrumento médico, bien sea por el doctor francés que lo inventó o, por qué no, por ambos.

Por si no se quieren molestar en buscarlas les hago un índice de acceso directo de estas entradas “fonendas”.

Para Enroque de Ciencia todo empezó en otoño de hace aproximadamente cuatro años cuando, tratando de responder a una curiosa cuestión: ¿Por qué los cirujanos visten de verde?, terminé hablando del fonendo.

Sin duda un asunto serio donde los haya el del dispositivo auscultor, como así lo prueba el hecho de que apareciera en la categoría de Humor y como pregunta en un programa de televisión.

De la importancia de su inventor el médico René Laennec, nos habla el hecho de que tenga un sello postal dedicado a él y a su invento.

Pero todo eso fue, ya les digo, hace cuatro años y la cosa no quedó ahí.

Otras entradas enrocadas
Resulta que en este Año del Señor de 2016 ambos han vuelto por estos predios, y lo han hecho en forma de doodle durante el invierno, y en el programa radiofónico Ciencia y Sevillanía, y en la categoría de Firmas y rúbricas de Ciencia en la primavera.

Bueno pues volvemos al mismo punto estacional en el que empezamos.

Porque este otoño nos vuelve a traer la curiosa historia del estetoscopio de Laennec. Ya les conté que un otoñal día del año 1816, el médico francés fue requerido para visitar en su domicilio a una señora afectada de un mal de corazón.

Pero no les precisé cual fue ese día, ya saben “uno de esos que cuentan” en la historia de la ciencia.

Y pensé que con el otoño recién iniciado era una buena ocasión para ponerlo negro sobre blanco. Y si bien es una buena idea, a mí me lo parece, lamento decirles que sólo la puedo cumplir a medias.

Hasta donde he averiguado, el momento “protofonendo” ocurrió a comienzos del otoño como ya saben, probablemente en el mes de septiembre pero, sintiéndolo mucho no puedo precisarles el día.

Y como me quedan varios temas por tratar inexorablemente en este mes he decidido que, cuando van transcurridas unas cincuenta y seis horas de la estación, va a ser el nuevo momento.

Todo empezó hace algunos años
Aunque nos pueda sorprender en la actualidad hace dos siglos los galenos -epónimo derivado del médico griego Galeno de Pérgamo (130-216), dieciocho siglo de su fallecimiento pues este año- tan sólo utilizaban los sentidos del tacto y la vista, a la hora de conocer el estado de salud de sus pacientes.

Esos dos fundamentalmente.

Naturalmente también escuchaban lo que ellos les contaban de sus dolencias pero sobre todo, el grueso de la información la obtenían de la observación de su aspecto, por ejemplo el color de la piel o de los ojos.

O de la apreciación de algunas de las constantes vitales como su temperatura corporal o el pulso. Y claro de la visión y olida de diferentes secreciones como orina, heces, etcétera.

Pero lo que ninguno hacía era preocuparse por oír los sonidos internos del cuerpo humano. Nadie les prestaba la menor atención, y eso que los hombres generamos diversos ruidos dentro de nuestro organismo. (Continuará)





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