miércoles, 6 de abril de 2016

Perihelio de Mercurio. Newton y la TGU (3)

(Continuación) Un flamante y pequeño noveno (9º) planeta, sólo que éste sería interior.

O lo que es lo mismo, estaría entre el propio astro y el planeta de perihelio problemático. Vamos lo que dice un planeta intramercurial.

Y aunque se consideraron otras teorías explicativas de la precesión, como la de la existencia de un segundo cinturón de asteroides dentro de la órbita de Mercurio, o la de un leve achatamiento de los polos solares, el éxito gravitatorio obtenido en la búsqueda de Neptuno decantó el camino a seguir.

La mayoría de los astrónomos, entre ellos el mismo director del Observatorio de París, el científico francés François Arago (1786-1853), se mostraron a favor de esta hipótesis.

Poco después, en enero de1860, Le Verrier basándose en la Ley de la Gravitación Universal, publicaba su teoría y hasta daba nombre al supuesto planeta, se llamaría Vulcano.

Ni que decirles tengo que el resto de astrónomos se lanzaron a buscarlo.

Todos a la búsqueda de Vulcano
Natural. En esos momentos Le Verrier significaba mucho en el mundo científico.

A su enorme prestigio como científico había que sumar el éxito del descubrimiento de Neptuno y, por supuesto, la absoluta y total confianza en la mecánica newtoniana. Así que natural.

Por otro lado, la elección del nombre del planeta pareció también de lo más apropiada ya que, estando tan cerca del Sol, tres veces más que Mercurio, parecía un buen nombre pues estaría sometido a altas, a altísimas, temperaturas.

Achicharrándose, vamos.

Sí, Vulcano, dios del fuego y los volcanes en la mitología romana, resultaba ser un magnífico nombre para el nuevo planeta. Pero claro había que encontrarlo.

Y para ello el hecho de ser tan pequeño junto al de su proximidad al Sol, unos veintiún millones de kilómetros (21 000 000 km), no eran circunstancias que ayudaran precisamente a su localización.

A lo que hay que añadir que, de existir, la órbita de Vulcano se encontraba en los límites de la tecnología de observación de entonces.

Recuerden que estamos a mediados del siglo XIX.

Sin embargo, ya lo saben, la de Vulcano fue una búsqueda infructuosa. Estas cosas pasan a veces.

Una búsqueda infructuosa
Y eso que durante años, numerosos astrónomos aficionados e incluso profesionales, afirmaron haberlo visto. Lo afirmaban sí, pero no aportaban datos fiables. Ninguno de los informes que daban del supuesto nuevo planeta, acababan en un resultado positivo.

Suele ocurrir. Muchas evidencias y ninguna prueba.

Si bien, en honor a la verdad, hay que decir que existían varios problemas objetivos. Dada su gran proximidad al Sol, mayor que la de Mercurio, y a su pequeño tamaño, Vulcano resultaba en la práctica invisible en la gran mayoría de las circunstancias.

Sólo había una posibilidad clara de observarlo: la que ofrecían los eclipses solares [*]. Esos fenómenos cósmicos que se producen cuando la Luna oculta al Sol, desde la perspectiva de la Tierra.

Algo que sólo puede pasar durante la fase luna nueva o novilunio.

Eclipses solares para Vulcano
De ahí que el eclipse total de Sol de julio de 1860, observado desde España, fuera esperado como agua de mayo en el mundillo astronómico.

Sin embargo por más que se le buscó, el planeta no fue avistado y eso que para esas fechas, ya se habían realizado mejoras en instrumentos y técnicas fotográficas que, de existir el cuerpo celeste, hubieran permitido captarlo.

Visto con la perspectiva que da el tiempo, se podría decir que fue el principio del fin del “reinado periheliense” de Le Verrier.



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