jueves, 8 de octubre de 2015

Elizabeth Garret y Eugenia de Montijo

(Continuación) Un grupo de cuarenta y tres (43) alumnos, varones claro, solicitaron su expulsión. Expulsión por saber lo que ellos ignoraban. Como lo leen.

Por la Licenciatura
Pero bueno el agua no llegó al rio y tras muchos sinsabores, Elizabeth Garret Anderson, se presentaba el día 28 de septiembre de 1865 a su examen oral de licenciatura en el Real Colegio de Médicos, junto con otros siete (7) candidatos.

Sólo tres (3) de los ocho (8) aspirantes obtuvieron el título.

Entre las disciplinas de las que se examinaron estaban: terapéutica, partos, patologías clínicas, etcétera. Y a todo eso la Garret, le sumaba su experiencia como enfermera.

Sí, aprobó y recibió la certificación que la habilitaba para practicar la medicina.

Era la primera mujer que conseguía el título de Licenciada en Medicina de toda Europa.

Un año después, en setiembre de 1866, era admitida en el Registro Médico de Gran Bretaña, al igual que Elizabeth Blackwell lo había sido siete (7) años antes. Ya podía ejercer de forma legal como médica en Gran Bretaña. Pero esto a ella no le bastaba.

Ahora quería obtener el doctorado.

Lo que planteaba una dificultad burocrática. Esa titulación no era posible obtenerla en esa época, en su país.

Los muros no se acaban nunca
Así que hizo sus averiguaciones y supo que sólo sería posible en Francia y más en particular en su capital, París. Los muros no se acaban nunca, debió pensar.

Mas ella, ni corta ni perezosa, escribió a la Sorbona solicitando permiso para presentarse a los seis (6) exámenes, que había que superar para obtener el doctorado. Y en principio no le plantearon ningún problema.

Lo malo es que, en esta ocasión, los problemas los planteaba ella.

Se quería examinar sin haber asistido a clase alguna en francés, sin estar residiendo en París y, lo que era peor aún, sin haber obtenido la convalidación de su certificado de estudios.

Unas condiciones personales las suyas que, no hay que ser un experto para comprender, no eran precisamente las más favorables para sus pretensiones. No. No era fácil, nada fácil, que se las contemplaran.

De hecho, le denegaron su petición.

Necesitaba ayuda y la buscó. Vaya si la buscó. Y la que encontró no fue lo que se dice peccata minuta. Juzguen ustedes.

La ayuda le vino de parte de otra mujer, española de nacimiento y francesa por matrimonio. Y además Emperatriz de Francia, para más señas.

Fue la intervención de Eugenia de Montijo (1826-1920), emperatriz consorte de los franceses como esposa de Napoleón III, y que por aquel entonces presidía el Consejo de Ministros por enfermedad de su esposo.

Ella decidió y ordenó que se aceptara a Elizabeth en la Sorbona. Así que vía libre para el doctorado. (Continuará)



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