martes, 28 de julio de 2015

Las sandalias de Einstein (1)

De entrada vaya por delante que no se trata de un montaje fotográfico, la imagen no es falsa.

Tienen delante de sus ojos al mismísimo Albert Einstein (1879-1955), con sesenta (60) años a cuesta, el pelo alborotado y un cruce de piernas, digamos, estiloso.

Y como pueden ver va ataviado con camisa veraniega de manga corta, pantalones cortos y unas sandalias blancas y negras muy, digamos ahora, sensuales.

En fin. Sin comentario. Para gusto están los colores.

Pero estarán conmigo que la imagen impacta. No debemos olvidar que se trata de uno de los genios más importante que ha dado la Humanidad, junto a Isaac Newton (quizás el hombre más decisivo) y probablemente, Arquímedes, otro que no les anda a la zaga.

Pero ellos no utilizaron sandalias así, al menos que nos conste ¿Entonces?

Pues la verdad no sé qué decirles ¿Puede que fruto de su genialidad estemos ante la imagen de un adelantado del travestismo? Dicho esto con todo el respeto que merecen tanto hombre como ese comportamiento, expresado a través de la vestimenta.

Bueno pues en mi opinión es que no lo es. Nada de travestismo. Y la fotografía es real, sin nada de Photoshop para que me entiendan, aunque sí hay algo de tijeras.

En cualquier caso tiene una historia que merece ser contada, por lo que nos ponemos a ello.

Verano del 39
Empieza en el verano de 1939 cuando Einstein se va a Nassau Point, Long Island, para disfrutar de una de sus aficiones: la navegación a vela. Allí alquila una casa, en concreto en Cutchogue, ya que tenía atracado su velero en Horseshoe Cove.

Parte del verano lo pasó disfrutando con el velero, un barco que como tal, no era nada del otro mundo. No se imaginen algo lujoso. En absoluto.

De nombre Tinef, era pequeño -tenía unos quince pies (15 ft), unos cuatro metros y medio (4,5 m), de eslora- y era más bien del montón.

Para que terminen de hacerse una idea del velero, en yiddish, el nombre que le puso, Tinef, que significa algo así como “pequeño pedazo de basura”.

Creo que con eso está todo dicho.

Por otro lado, Einstein nunca fue un buen marinero; en puridad era bastante malo. Hay constancia escrita de ello, por lo que no haré sangre. Incluso se dice que nunca aprendió a nadar ¿Se lo pueden imaginar?

En fin, cosas de los genios y a él además le gustaba, ¿dónde está el problema?.

Su otro disfrute veraniego era tocar el violín. En realidad una afición casi de toda la vida. En otra ocasión les he comentado que con trece (13) años se enamoró de las sonatas de Mozart y que, desde entonces la música fue para él una necesidad interior y el violín su inseparable compañero.

En la tienda del señor Rothman
Bueno pues en esas estamos, con el físico veraneando en Nassau Point donde, no tengo que decirlo, fue reconocido tanto por su celebridad como científico, como por su inusual estilo personal. Dejémoslo aquí.

Y como cualquier familia, la suya, tenían necesidades domésticas que atender, por lo que pronto se informaron acerca de dónde estaban las tiendas más convenientes. Y así supo por su hijastra Margot, de una de ellas en la que había podido comprar lo que no había encontrado en otras: una piedra para afilar.

Entusiasmada le dijo que en esa tienda podía se podía “comprar cualquier cosa del mundo”. Se trataba de la tienda de David Rothman, de quien dicen que la reconoció y, como deferencia, le regaló la piedra. Lo que puede ser. Se trataba tan solo, de una piedra de afilar.

Sigue contando la historia que cierto día, ahora Albert, pasó por delante de la tienda y entró en ella, no estando claro, al menos para quien esto escribe, la razón. (Continuará)


1 comentario:

  1. Es de lo más interesante y divertido que he podido leer

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