lunes, 20 de enero de 2014

Dian Fossey (1932-1985) [I]


Nacida en San Francisco, en 1954 se licenció en terapia ocupacional y empezó a trabajar en un hospital de Kentucky donde se utilizaban unas modernas y pioneras técnicas docentes, con niños de educación especial.

Dian escogió a los discapacitados psíquicos y, desde el primer momento, mostró estar sorprendentemente dotada para comunicarse con ellos. De forma natural, con sus propios métodos gestuales, lograba ganarse la confianza de los críos.

Todos sus compañeros coincidían en que había nacido para ese trabajo.

Parecía que su vida profesional estaba trazada hasta que, a finales de 1960, leyó al zoólogo G. B. Schaller (1933) y su texto sobre los gorilas de montaña, The Year of the Gorilla. Se sorprendió al saber que en la zona de África Central, apenas sobrevivían quinientos (500) ejemplares.

Una cifra alarmante que amenazaba convertirse en catastrófica, dada la última moda europea del momento: viajar a África para conseguir cabezas, manos y pies de estos primates.

No lo dudó, tenía que ir a África. (La destrucción del hábitat está a menudo vinculada a la codicia y el materialismo del mundo desarrollado).

La llamada de la selva
Con más sentimientos que conocimientos, pero dispuesta a luchar por la preservación de aquella especie, en 1963 viajó al continente negro.

Contactó con el célebre antropólogo británico Louis Leakey (1903-1972), quien tras algunas reticencias consintió que trabajara con él.

Le encargó que censara las últimas colonias de gorilas. Sería “su chica de los gorilas”.

Ella no lo sabía, pero iba a emprender un camino muy parecido al que, no mucho antes, había iniciado otra joven mujer, Jane Goodall (1934). Y que después continuó Biruté Galdikas (1946). "Las chicas Leakey".

He aquí que, con este exiguo bagaje empírico, en 1967 la Fossey llegaba a la majestuosa montaña de Virunga. Ubicó su campamento base en Karisoke y, tras varias semanas de permanencia, localizó a su primer grupo de gorilas.

Según su propia descripción, aquel momento único y lleno de magia fue lo más impactante que le aconteció en su vida.

Aunque lo cierto es que los primeros encuentros entre la científica y sus nuevos amigos, fueron de lo más accidentado: desconfianza, persecuciones, gruñidos, ataques, etc.

Pero la formación académica de Dian, su experiencia gestual y, sobre todo, una infinita paciencia le permitieron comprenderlos primero, imitarlos después, y ser aceptada como uno más por último.

Digit
Dian puso en práctica muchos de los métodos que Jane Goodall utilizó en su estudio con los chimpancés. Entre ellos, el de ponerle un nombre propio a cada gorila. A uno lo llamó Digit.

Un hermoso ejemplar macho de lomos plateados, con el que trabó una auténtica complicidad. De hecho le permitía jugar con sus propias crías y le daba la mano.

Gracias a estos estudios, hoy sabemos que los gorilas no son violentos ni carnívoros; un errado mito alimentado en el tiempo por películas como ‘King Kong’.

También gracias a su labor en contra de la caza furtiva de este animal, los gorilas no se encuentran, por ahora, en la lista de especies desaparecidas. Por desgracia no pudo salvar la vida de Digit, que murió en una abatida de cazadores furtivos, defendiendo a su grupo familiar.

Un acontecimiento que marcó la vida de la Fossey.

Dolorida y enfurecida por su muerte, empezó una dura campaña contra los cazadores furtivos y el propio gobierno de Uganda.

En la década de los setenta, la revista National Geographic publicó un artículo sobre ella y su trabajo con los gorilas, mencionando la cruel muerte del gorila.

Lo que hizo que le llovieran numerosas donaciones económicas desde todo el mundo. Con ellas creó la asociación ‘Fondo de Digit’, especializada en preservar la vida de los gorilas.

Un duro y difícil camino del que ella ignoraba que, en su final, le esperaba la muerte. (Continuará)



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