lunes, 31 de diciembre de 2012

“…Es tan malo como escuchar a los Beatles sin taparse los oídos”


Este es el texto, que en boca del agente Bond, supone la declaración de guerra entre ambos mundos, al dejar, supuestamente en entredicho, la calidad musical de los chicos de Liverpool. Esa es al menos la interpretación que algunos exégetas dan a la frase, naturalmente desde la beatlelogía.

Sin embargo no faltan opiniones, incluso desde dentro de la bondología, que apuntan en la misma dirección sólo que en sentido contrario. Para ellos, con semejante frase, quien en realidad queda en entredicho, y no sale muy bien parado, es el superagente.

Una cuestión de punto de vista, desde el que analizar el asunto. Puntos de vistas que en este caso no faltan. Les traigo hasta tres: social y cultural, científico y musical. Vamos a ello.


Bond contra Beatles. Un punto de vista social y cultural
De entrada, la primera parte de la frase, “Hay ciertas cosas que no están permitidas, tales como beber Dom Pérignon del 53, a una temperatura superior a los 4 ºC” no es más que un recurso enológico.

Al resaltar su sibaritismo personal no hace otra cosa que caracterizar, aún más, al personaje cinematográfico. Una técnica de lo más normal que, por cierto, agota todas sus posibilidades.

Va desde la inevitable referencia publicitaria a una marca de lujo, una constante en el mundo bondiano. Hasta la elección de la añada del champán. Pasando por la temperatura ideal a la que se debe beber. Todo en el mismo paquete y con la finalidad de ayudar a perfilarlo.

La segunda parte, la asociada a la música y considerada polémica, si se piensa bien, es casi una referencia obligada. La película se estrena en 1964, es decir, en plena Beatlemanía mundial, por lo que la referencia a dicho fenómeno se hace, casi, inevitable.

Es muy importante no olvidar que la década de los 60, desde el punto de vista cultural y social, está marcada a nivel mundial por el movimiento conocido como pop, mod o beatnik (creo, ahí me pierdo un poco).

De lo que estoy convencido es, que uno de sus máximos exponentes fueron los “cuatro chicos de Liverpool”. La beatlemanía terminó influyendo, no sólo, en el estilo musical, también lo hizo en la moda, en el consumo, en el pensamiento, etcétera.

Y eran los jóvenes, y la natural rebeldía propia de la edad, los principales destinatarios y representantes, a la vez, de este conjunto de tendencias, basadas en la música y la imagen.

Sobre todo entre 1963 y 1966. Año éste en el que los Beatles dieron su último concierto en directo. Un periodo de tiempo este trienio, en el que se superpone con el otro fenómeno de moda, la Bondmanía, que tiene un destinatario bien diferente.

El personaje del superagente va dirigido, sobre todo, al ciudadano medio adulto y está destinado a evadirlo de su monótona vida diaria, haciendo que proyecte sus fantasías en el elegante 007, con licencia para matar y otras cosas.

Es evidente que los potenciales destinatarios de ambos fenómenos son bien distintos, y que la ironía crítica-musical del agente secreto, lo que únicamente deja palpable y bien a la vista, es su escasa visión del nuevo universo cultural que se está gestando, y del que él no parece percatarse.

Un testimonio más -en particular de la frase y, en general, de la película- de que, rara vez, somos conscientes de los cambios que se producen a nuestro alrededor, en los patrones del comportamiento humano.

Una ignorancia que nos hace aparecer, a veces, como “políticamente incorrectos”. Es el caso de Bond.

Pero de ahí a decir que hubo una enemistad, que se trató de una herejía “bondita”, o lo que algunos maliciosos dejaron caer, que 007 era partidario de los Rolling Stones, dista un abismo. Nada más lejos de la realidad.

Ambos fenómenos tenían (y tienen) la suficiente entidad y éxito popular como para, casi, no reparar uno en el otro. Pueden coincidir en el mismo lugar y momento y, no por ello, tienen, necesariamente, que colisionar como dos cuerpos, con sus drásticas consecuencias físicas.

Sus naturalezas son tales que se pueden cruzar y tan sólo interferir, como lo hacen las ondas. Ya hemos adelantado que no son lo mismo movimiento corpuscular que movimiento ondulatorio, y que no se parecen en nada los efectos que producen.

Seguro que se ha percatado, si ha llegado hasta aquí en su lectura, que voy a cambiar de punto de vista, a la hora de reflexionar sobre la inexistencia del supuesto conflicto Bond-Beatles.

Naturalmente, sobre tal pensamiento, algo ha influido mi formación científica -ya saben lo que dicen, que somos muy cuadriculados-. Pero el caso es que veo esa doble coincidencia artística, más como una interferencia que como una colisión.

Les estoy hablando ya en términos de ciencia. En concreto de física, en particular de mecánica de partículas y, singularmente, de teoría de colisiones o choques.

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