La ciencia no sabe de países, porque el conocimiento pertenece
a la humanidad y es la antorcha que ilumina el mundo.

Louis Pasteur, científico francés (1822-1895)

domingo, 7 de octubre de 2018

Octubre [CR-12]

¿Por qué este mes se llama así? Como le contaba en la entrada ‘Septiembre’ del mes pasado, octubre junto a noviembre y diciembre componen el cuarteto de meses cuyos nombres obedecen a una mera cuestión de orden.
Cuestión que pasó a convertirse en paradoja ordinal y que persiste en la actualidad, si bien no siempre fue así y me explico. Resulta que al principio, como ocupaba el octavo (8 º) lugar en el antiguo calendario romano que constaba solo de diez (10) meses, fue llamado octubre (del latín ‘october’) lo que entra dentro de la lógica.

Lo que ya no entra tanto es el hecho de que, al instaurarse el calendario juliano y haber añadido a comienzos de año los meses de enero y febrero, siguiera conservando el nombre aunque ya fuera el décimo (10 º) mes. Lugar que sigue ocupando en el vigente calendario gregoriano. Trato de decirle que octubre, en puridad, debería llamarse diciembre. Un lio lo sé.

Pero no es ésta la única peculiaridad relacionada con este mes. En su momento el emperador Domiciano -quien sucedió a su hermano Tito, que a su vez hizo lo propio con su padre Vespasiano- le cambió el nombre de octubre por el suyo propio. Un cambio nominativo que apenas duró, dado que pasó a la historia como uno de los emperadores más tiranos, crueles y paranoicos de Roma.
Unas cualidades que a la postre hicieron que al morir, fuera eliminada su presencia y memoria de todos los monumentos, monedas y edificios, así como el nombre del mes que se había auto dedicado, que de nuevo se llamó como lo había nombrado Rómulo.

Ya de la que va, y dejando a Domiciano, su hermano y su padre fueron los protagonistas de una cita que quizás le suene, esa de ‘El dinero no huele’. Le pongo en antecedentes. Vespasiano, fundador de la dinastía Flavia, fue un buen emperador que obtuvo dinero para poner en orden las finanzas públicas recaudándolo vía impuestos. De qué manera si no. Pero eso sí, lo hizo de una forma bastante novedosa y un tanto escatológica pues no se le ocurrió otra que gravar con impuestos los urinarios públicos.

Un gravamen que debían de pagar todos los romanos al depositar sus residuos en unas ánforas repartidas por la ciudad, y que resultó ser un pingüe negocio. Así que no iba mal encaminado el emperador, aunque otra cosa era lo que pensaba su hijo Tito quien en cierta ocasión se lo recriminó, dada su procedencia “tan poco limpia”.
Dicen que la respuesta paterna no se hizo esperar, al colocar bajo su nariz unos sestercios obtenidos de dichos impuestos y preguntarle: “¿Te molesta su olor?”. Y al negarlo éste, espetarle: “Pues este dinero procede de la orina”. Un buen recurso dialéctico y sin embargo una mala prueba científica porque las monedas huelen. ‘Pecunia non olet’.

   [*] Introduzcan en [Buscar en el blog] las palabras en negrilla y cursiva, si desean ampliar información sobre ellas.

[**] Esta entrada apareció publicada el 04 de octubre de 2018 en la contraportada del semanario Viva Rota, donde también la pueden leer.




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