El científico no es aquella persona que da las respuestas correctas,
sino aquél quien hace las preguntas adecuadas.

Claude Lévi-Strauss, antropólogo francófono belga (1908–2009)

viernes, 25 de mayo de 2018

Mujeres, ciencias y siglo XIX (y 3)

(Continuación) Y hablando de dolores, los profesionales del asunto, los médicos en particular, mostraron su preocupación por el hecho de que la mujer llevara tacones demasiado altos, qué detalle, ¿no? Lean:
“Los chinos escandalizan nuestro sentido moral cuando deforman los pies de sus mujeres comprimiéndoselos en la infancia... pero los tacones altos... son una de las mayores fuentes de dolencias. No sólo causan contracciones en los músculos de las piernas... sino que también  provocan los callos y los juanetes que provocan tanto dolor al andar”.
Ni que decir tiene que a finales del siglo XIX y principios del XX los prejuicios científicos sobre la fragilidad de la mujer, siguieron limitando su pleno acceso a la educación. Considerada el sexo débil, su lugar debía estar en la casa, natural, dónde si no. Además, y por si acaso, determinadas mentes bienpesantes empezaron a discurrir que la enseñanza superior y el empleo fuera del hogar, obstaculizaban de manera seria el desarrollo natural de la mujer.
Tan seria como que en realidad debilitaban su vitalidad, pudiendo llegar a causarles graves trastornos mentales. Eso pensaban muchos científicos y otros tantos lo avalaban, era así, claro que eran otros tiempos y otros los conocimientos.
Nunca han faltado cerebros con el frío suficiente como para bloquear y excluir. Uno de ellos que no hace al caso citar, en 1873 escribió que la educación superior podía ser causante de “neuralgia, disfunciones uterinas, histeria y otras alteraciones del sistema nervioso en las jóvenes, incapacitándolas para el matrimonio y la maternidad”. Y eso sí que no, ellas estaban para lo que estaban. Vamos, para lo de siempre. Incluso el propio Julio Verne, en clara alusión newtoniana, no dudaba en afirmar: “Viendo caer una manzana, una mujer no hubiera tenido otra idea que comérsela”. Ya ven, él tan adelantado e inteligente para otras cosas. Lo que es la vida.
Mas la mujer seguía en lo suyo, ella “erre que erre todo el día” al quevediano decir, interesada en adquirir una educación superior junto e igual a la del hombre. Y lo cierto es que poco a poco se fue abriendo camino. Tampoco han faltado nunca cerebros con los bríos suficientes como para sumar y compartir. Buena prueba de esto es que en 1870 la Universidad de Oxford aceptaba, por vez primera, a mujeres en sus pruebas de admisión, si bien no es menos cierto que no fue hasta 1920 cuando salieron las primeras licenciadas.
Y la de Melbourne, en 1881, fue la primera universidad australiana que abrió sus puertas a las mujeres. Tras ella y bien pronto, otras muchas instituciones siguieron sus pasos. Por ejemplo en Harvard tuvieron acceso en 1893, aunque la facultad de medicina no admitió alumnas hasta 1917 y la de derecho no lo hizo hasta 1950. En Cambridge, la licenciatura completa no fue posible hasta 1948. En fin poco más de medio siglo desde entonces.
En irónica e indignada respuesta a esta histórica exclusión femenina de la enseñanza, la activista estadounidense Elizabeth Cady Stantton escribió en 1895:Eva mordió la manzana del jardín del Edén para apagar aquella insaciable sed de conocimiento que los placeres banales como deshojar margaritas y hablar con Adán no podían satisfacer”. (Continuará)
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