Lo importante en ciencia no es tanto obtener nuevos datos,
como descubrir nuevas formas de pensar sobre ellos.

Sir William Henry Bragg, físico inglés (1835-1902)

viernes, 9 de febrero de 2018

Isabel de Bohemia

En el cuarto centenario de su nacimiento viene a esta tribuna de divulgación la princesa calvinista Isabel de Bohemia (1618-1680). Y lo hace por sus inusuales inquietudes intelectuales, que le llevaron a ser una de las mujeres más influyentes y relevantes del mundo cultural alemán y europeo del siglo XVII.
La princesa Isabel ha pasado a la historia por dos motivos fundamentales. Uno por la amistad que mantuvo con los filósofos, matemáticos y científicos de su época entre los que destacan el filósofo, matemático y físico francés R. Descartes (1596-1650) y el teólogo, lógico y matemático alemán G. W. von Leibniz (1646-1716).
El otro por haber sido abadesa del monasterio imperial protestante o Abadía de Herford, Westfalia, durante sus últimos trece años de vida. Un periodo que se inicia en 1667 y durante el que dio protección a todas las personas que acudieron a ella huyendo de persecuciones religiosas, fuese cual fuese su fe. Así fue hasta su muerte con 61 años.
Desde su juventud Isabel demostró estar extraordinariamente dotada para los estudios, sobresaliendo en matemáticas e idiomas, de los que dominaba seis lenguas, latín y griego incluidos.
En 1639, con tan sólo veintiún años, inicia una relación epistolar con la erudita germana-holandesa Anna Maria van Schurman (1607-1678), también conocida como la ‘Minerva holandesa’ por sus vastos conocimientos de filosofía y ciencias.
Es ella la que le anima a estudiar historia, física y astronomía, convirtiéndose en su principal mentora durante sus años de formación, aunque existiera entre ambas una discrepancia en torno a la figura de Descartes, el racionalista filosófico más influyente de la época.
Mientras la maestra defendía los tradicionales puntos de vista aristotélicos, la alumna hacía lo propio con la nueva filosofía cartesiana.
Correspondencia cartesiana

En 1642 Isabel lee del francés su principal obra, Discurso del método (1637), y Meditaciones metafísicas (1641) y en el otoño de ese mismo año lo llega a conocer en persona. A partir de ese momento, y a pesar de la opinión discrepante de su maestra, Isabel mantuvo su interés por el filósofo al que le llega a pedir que le diera clases de filosofía, matemática y moral.
A destacar la importante relación, principalmente epistolar, que mantiene con él y que se prolongó desde 1643 hasta la muerte de éste.
Una correspondencia cuyo contenido versaba acerca de la relación entre materia y espíritu, y que coincide con una etapa en la que el erudito ya tenía desarrollado su sistema filosófico y empleaba su tiempo en defenderlo, aclararlo y ampliarlo. (Continuará)
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