Amo demasiado a mi país para ser nacionalista.


Albert Camus, escritor y filósofo francés (1913-1960)

domingo, 19 de marzo de 2017

Seguimos con el “¡venga!”

Cómo pasa el tiempo. Han transcurrido ya diecisiete años desde que en la columna de un periódico sevillano ya desaparecido, escribiera sobre el nuevo significado que por aquél entonces, tenía el término “venga”. 
Una acepción coloquial asociada al momento de la despedida, tras una conversación con un conocido o amigo. Algo más o menos parecido a esto:
- Adiós Venancio, un abrazo.
- ¡Venga! Carlos, nos vemos.
Era entonces y lo sigue siendo ahora, una forma de hablar sin campo de actuación propio, quiero decir, sin ningún grupo social laboral determinado y exclusivo. No, más bien todo lo contrario. El uso de la interjección “¡venga!” para finalizar conversaciones, está extendido por todos los sectores de la sociedad.
Desde mecánicos y médicos, hasta profesores de Universidad y dependientes, pasando por administrativos e ingenieros. Todos con el “venga”.
También apuntaba una impresión personal. Por el tiempo que ya llevaba en la calle, lo del “venga” no tenía pinta de ser una moda pasajera y por tanto efímera. En mi opinión se trataba de un uso lingüístico que había llegado para quedarse un tiempo entre nosotros.
De hecho alguien, hace unos días, me lo recordaba sin él ser consciente de ello:
- ¡Venga! Carlos, nos vemos.
Y en cuanto lo escuché supe que tendría que escribir de nuevo y confirmar el aserto de mi impresión. La otrora voz de moda de nuestra lengua sigue entre nosotros y, además, se ha extendido por todo el suelo patrio.
Lo digo porque la tengo oída a madrileños, catalanes, extremeños, andaluces o gallegos.
Como ya habrán intuido, les reconozco que me gusta esta expresión. La veo sencilla e intimista, me agrada como suena, me transmite cariño. Incluso me resulta cálida cuando pasa a ser la única protagonista de la despedida, y ésta es sólo un: “¡veeenga!” o “¡vengaaa!”.
Que las dos versiones tonales tengo oídas, aunque esa es otra historia para contar en otro momento.
Además, con el paso del tiempo, he observado que el término no sólo se utiliza en las despedidas entre gente conocida y próxima, no. Incluso aparece en las conversaciones telefónicas profesionales que mantenemos a diario con personas a las que no conocemos, aunque sepamos quienes son.
- Le agradezco mucho que se interese por este asunto. Un saludo.
- No se preocupe que yo me encargo ¡Venga!
Sí, por lo que sé de “venga”, su uso me gusta. Pero claro tampoco sé mucho más de los que les he contado. Por ejemplo a estas alturas de la historia ignoro su origen, ¿cuál fue la cuna de este modismo: Sevilla, Valladolid, Murcia?
Y no queda aquí mi ignorancia. Aparte del “dónde” también desconozco el “cómo” y el “cuándo” se produjo esta moda lingüística, así como los factores de los que depende y si existe algún tipo de explicación para ella.
Siempre me han llamado la atención estas nuevas expresiones de nuestra lengua, y sorprendido el hecho de que lleguen a hacerse insustituibles incluso entre los académicos.
Por último, y hablando de académicos, me parece que la Real Academia Española (RAE) está siendo cauta, quizás demasiado, con este término y su posible inclusión en el Diccionario. Comprendo por supuesto que den tiempo al tiempo y esperen a ver si los españoles se hartan de la moda. Es su obligación.
Pero después de las dos décadas transcurridas la verdad es que tengo pocas esperanzas de que el hábito verbal se extinga. Parece un fenómeno imparable, máxime porque su uso se ha generalizado y se extiende ya por todos los países de habla hispana.
Un fenómeno expansivo éste, posible gracias al papel primordial que, en la difusión y aceptación de lenguaje y moda, juegan los medios de comunicación.
Sí, es posible que en el próximo diccionario aparezca la nueva acepción de “venga” como despedida coloquial. Pero claro, qué sabré yo. No me cabe la menor duda que es mucho lo que debe de trabajar la que “fija, pule y da esplendor”. 



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