Un hombre que dedicase toda su vida a ello,
quizás lograra representarse una cuarta dimensión.

Henri Poincaré, filósofo y científico francés (1854-1912)

viernes, 24 de marzo de 2017

Gramática y tacos (1)

Tacos o expresiones malsonantes, al decir de los cursis. Ya saben, esos expresivos vocablos que en no pocas ocasiones ejercen sobre nosotros un salutífero efecto. Salutífero digo, porque a nadie escapa que usados a modo de muletillas actúan de forma balsámica en nuestro comportamiento.
Vienen a ser como un auténtico antídoto frente a la violencia del exterior y la propia agresividad interna. Cosa fina, oigan. Un valor catártico nada despreciable, que retrata nuestra forma de ser y con un coste muy reducido. Sí, como lo leen.
Al decir de los expertos en lingüística, si en el vocabulario habitual de una persona se manejan unas trescientas (300) palabras, de ellas no más de quince o veinte (15-20) son tacos. Un porcentaje bastante reducido, si tenemos en cuenta todo lo que suenan y el juego que dan.
De testículos a cojones
Además son los mismos desde hace siglos, apenas han cambiado, y es que de hecho no pueden hacerlo, pero bueno eso es otra cuestión y no la que nos trae hoy. Una prueba de lo que les digo del efecto catártico, la tenemos cuando sustituimos el término “cojones” por “testículos” en una conversación.
Estarán conmigo que al cambiar de palabra, ya no estamos diciendo lo mismo. No. Es más que evidente que ambos vocablos no cumplen la misma misión. Ya, ya, parecen iguales sí, pero no lo son. Es lo que tiene el poderío lingüístico del idioma.
Ah, y ya de la que va, que no se me olvide. Lo mismo se puede argumentar de las palabras “coño” y “vagina”, no se me vaya a molestar nadie. Lo digo por la cojonera visión  de la cosa igualitaria. Para quien escribe, “tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”. Lo mismito y escrito queda.
A propósito de referencias tacunas y bajunas, el susodicho término “cojones” sobresale, con mucho, como recurso lingüístico. Muy por encima de cualquier otro. Sirva de ejemplo lo escrito por el académico de la lengua, Arturo Pérez Reverte.
Algunas acepciones cojoniles
Uno de los motivos que justifican su frecuente uso, es la variedad de acepciones que tiene la palabra en función de lo que le acompañe. Me explico. Sabido es que el “número” que acompañe al vocablo, le confiere un significado distinto en cada caso.
Así, uno, significa caro o costoso (valía un cojón). Dos, valentía (tenía dos cojones). Tres, desprecio (me importa tres cojones). Y un número muy grande y par, es importante este detalle, significa dificultad (lograrlo me costó mil pares de cojones). No mil uno. No. Mil. Es lo que tienen los pares y no me pregunten porqué.
También el “verbo” que se conjugue juega su papel. Es más, un mismo verbo según el modo en el que se emplee, le cambia el significado. Por ejemplo, “tener”.
En forma afirmativa, indica valentía (aquella persona tenía cojones). En modo admirativo, puede significar sorpresa (¡tiene cojones!). Aunque también rechazo. Como sucedió en la Maestranza de Sevilla, una de esas tardes de faenas imposibles por insufribles del Faraón de Camas.
El maestro negado y el público rugiente. Un espectáculo infame. De pronto, desde los tendidos, una voz desgarrada: “Curro, el año que viene va a venir a verte quien tenga cojones de aguantarte... Y yo también”. Rechazo y resignación. Es lo que tenía Curro. (Continuará



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