Quien sea incapaz de hablar claro debe callar hasta poder hacerlo.

Karl Popper, filósofo y teórico de la ciencia austro-británico (1902-1994)

jueves, 1 de diciembre de 2016

Científicas y científicos, según Yale (y 2)

(Continuación) Sin embargo ya ven. El mero hecho de saber que correspondían a sexos diferentes, le otorgaban un valor subjetivo distinto. Distinto y en detrimento de la mujer.

Efecto perverso académico
Es palmario que los resultados reales de este experimento, sobre ficticios estudiantes aspirantes a un puesto universitario, ilustra a la perfección uno de los no pocos sesgos que existen en el mundo de la ciencia, a la hora de valorar y contratar a las mujeres.

Un efecto perverso que, además, no queda ahí.

Cuando se analizan las puntuaciones dadas, sorprende desagradablemente no observar diferencias entre ellas en función del sexo de los evaluadores que las realizan.

Sí han leído bien, las profesoras también evaluaron mejor a John que a Jennifer. Qué me dicen. Y no olviden que era el mismo curriculum.

Sin duda profesores y profesoras, mujeres y hombres, razonan con los mismos sesgos de género. Algo terrible y en principio inesperado, pero es así. Para todas y todos, ella era menos competente y contratable que él.

Lo que estarán conmigo es algo terrible. Pero no menos que la situación que otros estudios han sacado a la luz.

En paralelo a este sesgo de género, otros estudios indican que, para el desarrollo de un mismo puesto laboral los científicos, género masculino, tienen mayores laboratorios, mejores equipos, más altas dotaciones económicas, etcétera que las científicas, género femenino.

Aunque cueste trabajo aceptarlo son prejuicios acerca de la inteligencia o la capacidad de las mujeres, que siguen existiendo en los albores de este siglo XXI. Unos prejuicios de los que son depositarias también, ojo, las mismas mujeres.

Un tema espinoso sin duda que no está restringido al mundo académico científico.

Efecto perverso social
Como se suele decir, lo que ocurre en el mundo científico es tan sólo un reflejo de lo que sucede en el resto de la sociedad, de la sociedad en su conjunto. Y así, el sesgo de valoración que nos traemos entre manos hoy, no es exclusivo del mundo académico.

En una reciente encuesta europea realizada sobre una muestra de unos cinco mil (5 000) europeos de Alemania, España, Francia, Italia y Reino Unido, nada menos que el sesenta y siete por ciento (67 %) de los encuestados se pronunciaba afirmando que, en su opinión, las mujeres no sirven para ser científicas de alto nivel.

Tal como lo leen.

Para esta significativa mayoría no existía la menor duda de que las mujeres carecen de interés científico, espíritu racional y analítico, perseverancia y sentido práctico.

Y eso que desde hace años la realidad se muestra tozuda y las mujeres son mayoría en el alumnado universitario, se titulan antes y tienen mejores expedientes académicos que los hombres.

Aparte de que el sentido común nos dice que el más alto nivel de excelencia científica precisa de todo el talento y el trabajo esforzado que podamos aunar todos, pero todos, mujeres y hombres.

No en vano son la mitad de la humanidad o más. (Continuará)